jueves, septiembre 16, 2010

La Resistencia

Junto a los ríos de Babilonia, nos sentábamos a llorar, acordándonos de Sión.
En los sauces de las orillas teníamos colgadas nuestras cítaras.
Allí nuestros carceleros nos pedían cantos,
y nuestros opresores, alegría: «¡Canten para nosotros un canto de Sión!»
¿Cómo podíamos cantar un canto del Señor en tierra extranjera?
Si me olvidara de ti, Jerusalén, que se paralice mi mano derecha.
Que la lengua se me pegue al paladar si no me acordara de ti,
si no pusiera a Jerusalén por encima de todas mis alegrías.

Si tuviera que elegir un salmo sin duda sería este. Mezcla de dolor y de esperanza. Noche oscura grávida de luz. Con qué poco esfuerzo se oye el llanto de aquellos israelitas del exilio. Si hasta parece que el clamor se sale de la Biblia, para clavarse como un arma poderosa en el alma del que escucha.
Eran el pueblo elegido. Dios había posado su mirada en ellos. Y sin embargo allí estaban, desterrados, oprimidos, apesadumbrados, esclavos de un enemigo fortísimo que los humillaba sin piedad. Pero aunque su voz estuviera encadenada, aunque sus opresores los tuvieran maniatados, el gemido de su corazón se elevaba en plegarias.

- “¡Desde lo hondo a ti grito Señor!
¡Señor escucha mi voz!
Estén tus oídos atentos al clamor de mi súplica”


Sin embargo, no creo que sea el puro dolor la causa de nuestra empatía. Desde lo más hondo de su existencia, cuando la fuerza de su adversario nada permitía esperar, seguían con los ojos clavados en lo alto. Sabían que en algún momento su Dios se acordaría, y que entonces sí serían liberados. Hacer memoria de su tierra prometida fue la consigna que les permitió sobrellevar la tribulación.
Qué terrible coincidencia con nuestros días. Esta juventud, representación de fuerza, plenitud y libertad se encuentra exiliada de su condición juvenil. La edad de las posibilidades se descubre sin vacantes para estudiar, con un mundo laboral esquivo, sin acceso a la salud, sin documentos. Los explotadores ya no usan cadenas, alcanza con el Paco, ese veneno de ratas capaz de despojar de futuro a cualquier chiquito. Y los pibes que sienten en el alma el llamado a vivir en la felicidad, están confinados a un mundo marginal donde no parece haber más alternativas que la ilusión de la droga.
Hace un mes organizamos en la villa, con ocasión del aniversario de la llegada de la Imagen de la Virgen de Caacupé, una maratón infantil por la paz. Corrieron cerca de dos mil quinientos chicos. El ideal que embanderaba la jornada: “queremos un barrio de paz” servía a la vez como un lema que resume buena parte del trabajo de prevención que llevamos adelante. Cada grupo de catequesis, de exploradores, de la escuela de fútbol, de los hogares de día, de los apoyos escolares, trabajaron la consigna.
Nosotros somos conscientes que el ideal es utópico, que en un barrio tan lleno de armas la paz aparece como muy lejana, que incluso para la propia naturaleza humana que está herida, el conflicto es parte de la vida. Sin embargo no dudamos en presentar la paz como desafío, como meta y horizonte. Conectamos el deseo de la paz que existe en los vecinos con un pensamiento concreto: la paz es posible si cada uno se compromete. Tal vez no alcancemos la paz, pero sin duda trabajamos por un barrio más pacífico.
¿Qué hubiera pasado si los israelitas se olvidaban de Jerusalén, si ya no tenían otra razón para resistir? ¿Qué pasaría si nos resignáramos a tanta muerte, tanta sangre y violencia; si no deseáramos y trabajáramos por la paz? La fe es la dimensión sobrenatural del ideal, en última instancia, el objetivo de los cristianos es Dios, la Justicia, la Paz, el Bien.
La resistencia consiste en presentar la belleza del ideal, y dar las herramientas para alcanzarlo. Que Dios y la Virgen nos agarren resistiendo.

miércoles, agosto 11, 2010

Un caso de inseguridad


Hay dolores que son así, que de a ratos se encarnizan y parece que cobraran vida, que entre alaridos sugieren que no será posible seguir aguantando por mucho tiempo, pero que amainan en otros momentos y sin llegar a desaparecer pasan a un segundo plano, como cuando el sol se esconde detrás de las nubes o cuando la sonrisa tierna hace olvidar el llanto.
Sucede así: de a ratos las rotativas escupen sangre, tiñe las radios un rojo carmín tan intenso que al más duro parece encender. Hace explosión con un hecho, dos, tres, o con una cadena de sucesos, y entonces el grito, que hasta entonces navegaba por las profundidades se vuelve a hacer piel, callo, llaga, y supura. La violencia vuelve a ser inaguantable, y un gemido renace: ¡¿Hasta cuando?!
El grito, amplificado en los medios son las escaras de una sociedad paralizada, que sufre del síntoma, más que de la enfermedad.
Siempre recuerdo cuando hace unos años me tocó abrir un comedor en un sector muy pobre de la villa. Todos los días venía una abuela con su nietito. ¿Quién sabe que caminos habrán llevado a una señora de más de 70 años a hacerse cargo de su nieto de seis? Vivían en una casilla chiquita hecha con madera y carteles de publicidad callejera, con piso de tierra y techo de chapas de cartón. Sin ventanas, el lugar se ventilaba por una puerta que no cerraba, por los huecos de las paredes y el techo. La humedad era algo insoportable, al punto que el pibe siempre andaba con bronquiolítis, asma o algún trastorno respiratorio, y juntos recorrían salitas y hospitales. Como no tenían cama, dormían juntos en un colchón de una plaza que tenían tirado en el piso, y entre el olor y la oscuridad el hogar no parecía muy acogedor.
A mi me trasladaron y por dos años no supe nada de ellos. Ya ordenado sacerdote volví a la villa, y encontré que no estaban. Me contaron que ella estaba privada de su libertad, que durante mi ausencia, agobiada por esa vida de ratas se volcó a la delincuencia y perdió. En lugar de la antigua choza, había una casita de material, de ladrillos sin reboque pero con loza. Se me revolvieron las tripas. Supe que hizo cosas muy malas, de las que no se pueden justificar por la pobreza. No la justifico pero la entiendo, porqué se de los dolores que aguantó su columna, hasta que no pudo más y se quebró.
La abuela dejó en mi alma una marca profunda. Desde entonces, cada vez que veo los diarios arder de tanta inseguridad pienso que como sociedad estamos frente a un témpano y me acuerdo del Titanic. Leo el desastre de las miles de víctimas de los hechos de violencia que suceden a diario. Todas tremendas, todos son gritos en carne viva. Y leo también lo que en la misma noticia no se está diciendo. La historia de montones de pibes educados por la propaganda y vencidos por la pobreza. Los que aprendieron que solo pueden ser felices teniendo las zapatillas de Messi, los mejores celulares, o la moto más fachera. Hijos de la miseria que entendieron que nunca podrán ser felices (esa felicidad mentirosa que les vende la propaganda) hasta que decidieron saltar la cerca, cruzar la línea y hacerse un mundo paralelo, uno en el que sí tienen lugar.
Pienso en el témpano, y me doy cuenta del peligro que asume una sociedad librada a las reglas del mercado. Sin embargo, como cura me encuentro a diario numerosas canteras morales, tesoros ocultos que emocionan e invitan a esperar. Es un cristianismo que se fue transmitiendo de padres a hijos, descendiente de la primera evangelización y que vive su propio ritmo y que se expresa a su modo en peregrinaciones, novenas y promesas. Un modo de ver la vida con otros ojos, donde las enseñanzas de Cristo, grabadas en el corazón del pueblo señalan que la felicidad debe buscarse en otro lado, en el don de sí, en lo generoso, lo solidario.
Pienso qué sería del mundo asediado por la propaganda sin este dique moral que es la fe. Qué pasaría si los padres no enseñaran los mandamientos a sus hijos, si no les dijeran que no hay que mentir, que robar, que matar. Si no enseñaran que la vida es vida cuando se da, que (como dice Jesús) hay más alegría en dar que en recibir.
Pensando en esto no puedo más que redoblar la apuesta.

miércoles, julio 28, 2010

La revancha

"No te podés dormir, la calle siempre te da revancha" – me decía hace años un chiquito que intentaba hacerme entender los códigos callejeros. Luquitas expresaba a su modo que la calle es una selva, que allí vale la ley del más fuerte, que él corría en desventaja frente a los más grandes, pero que un descuido tiene cualquiera, y los hilos sueltos suelen dar lugar a las venganzas. Siempre me acuerdo del pibe, que a su modo intentaba sobrevivir al desamparo. En estos días me venía a la memoria su frase, pero no para pensar en lo descarnado, sino en que con la vida muchas veces pasa igual, también da revancha.
El Gato siempre fue un mamarracho. Vago hasta para afanar (gracias a Dios), porque cuando lo hacía era bastante malo. Se acercó a la Parroquia en 2006, para pedir ayuda, movido no tanto por la conciencia de que necesitaba cambiar sino para parar la bronca en su casa, para contentar a la familia que ya no aguantaba las consecuencias de su consumo. Iba y venía, nunca comprometido en serio con su recuperación. Reconozco sí, que en algún momento se entusiasmó con la posibilidad de cambiar, de dejar la droga y el rastreo. Pero le duró poco, nunca pudo sostenerlo.
En Marzo de 2008 abrimos el Hogar de Cristo, y fue parte del grupo fundador. Sin embargo, mientras los otros progresaban, él se quedaba atrás, estancado. Probamos varias internaciones pero nunca se duró más de una semana. El año pasado, vimos que ya estaba transmitiendo un mal espíritu a los otros chicos y chicas que llegaban al centro de recuperación. Venían con ganas pero el Gato les contagiaba su desazón. Por esto, y por algunas transgresiones muy concretas nos fue obligando a pensar en la expulsión. Era la primera vez que quedábamos contra las cuerdas, y se nos planteó el dilema: ¿Qué significaba la expulsión del Hogar de Cristo? Si después del Hogar de Cristo ya no hay nada, ¿dónde quedaban confinados los expulsados? Si hicimos el Hogar de Cristo justamente porque todas las otras puertas están muy lejos, si esto lo sabemos nosotros, pero fundamentalmente lo saben los pibes… ¿Qué significaba la expulsión en la vida de un pibe de los nuestros? ¿No era condenarlo al desamparo? Veíamos claro que era como cortar la última amarra que lo asía a la vida, que no tenía otras opciones a la mano y que la muerte aparecía fuerte en el horizonte. Sin embargo, ¿cómo hacer para que el Gato no arruinara el buen camino de otros adictos?
Luego de mucho debatir, con el equipo decidimos abrir un grupo especial para aquellos pibes que son más difíciles, los que se van eternizando en el ambulatorio, los que no progresan ni dejan progresar. Un grupo con el único objetivo de mantener viva la llama de la esperanza. Lo llamamos “San Francisco”, con la ilusión que bajo el amparo de un santo tan grande como misericordioso Dios nos fuera mostrando el camino.
Y fue casi milagroso, el Gato entró a mejorar, y como él los otros fundadores del San Francisco. Uno se internó y la está haciendo muy bien, otro se ordenó en la vida, empezó a trabajar y viene a vernos cada tanto para buscar un poco de acompañamiento, a otro lo perdimos de vista (no es un buen signo). El Gato terminó en nuestra Granja Madre Teresa, y a pesar de muchas dificultades hizo un camino muy bueno. Está irreconocible, da mucha alegría escuchar las reflexiones existenciales de este pibe que en otro tiempo era un manojo de instintos, de movimientos descoordinados y brutales.
En estos días el Gato tenía a su nena enferma, y me vino a ver. Estaba en una actitud paternal que no formaba parte de su repertorio habitual. Debo reconocer que estoy verdaderamente asombrado. Pasó mucho tiempo desde llegó por primera vez. Fueron casi cuatro años esperando que le llegara el momento, que tomara conciencia y se decidiera a cambiar. Muchas veces se escapó de la muerte con lo justo, y aún así seguía viniendo sin venir, haciendo una presencia cumplidora que tenía poco de genuina. Los cambios en este tema no se fuerzan, no se pueden forzar. Cuatro años esperándolo, teniéndole paciencia, apostando a que un día entraría en razón. Viene bien, como nunca, y aunque sabemos de su fragilidad, su camino nos indica que hay que ser amigos del tiempo, que la vida da revancha, y hay que estar preparados para aprovechar el momento.

miércoles, julio 07, 2010

Chiquilladas

El gordo era un pibe común, pero con la pelota dibujaba retazos de sueños. La pisaba, la hacía saltar, y cuando pateaba al arco parecía que siempre buscaba clavarla en el ángulo. Era apasionado y dejaba todo en la cancha, con algo de Tevez o Mascherano disputaba en el potrero la final del mundo en cada picado. Lo conocí de pibe, 13 años nomás tenía y ya mostraba un brillo especial. Pero la adolescencia fue para él un tiempo difícil, tanto que no lo supo eludir.
Me acuerdo el cambio que hizo en el 2003. Siempre había sido inquieto y un poco travieso, pero la rebeldía normal de la adolescencia es un lujo que los pibes de la villa terminan pagando caro. Se puso cabezón, no quería ir más a la escuela, se escapaba al potrero para jugar a la pelota. La mamá estaba preocupada, sentía que se le iba de las manos y que ya no lo podía contener. A pesar de que hizo todo lo que estaba a su alcance, el pibe se le fue escurriendo como el agua entre los dedos.
Todavía venía a la Iglesia, a una casa de adolescentes que tenemos para ayudar a los pibes a que no se enganchen en giladas. Ahí practican deportes, desayunan, almuerzan, tienen computación y apoyo escolar. Recuerdo que en ese momento la vimos venir, tratamos por todos los medios de que el pibe no dejara la escuela, porque algo indicaba que era el último tren. Apareció la marihuana, algún robo menor; y frente a la alarma de su madre, un grupo de expertos le explicaron que no era tan grave, que cualquiera se fumaba un porro, que no debía ser tan sobreprotectora, que debía entender cómo era la adolescencia. De a poco fue ganando la calle y dejando todo hasta quedar varado en una esquina de la que ya no pudo desencallar.
Durante algunos años lo seguí viendo en la calle, cada vez más desencajado. Al tiempo se enfierró, robaba grande y con violencia. Se sentía poderoso. Merca, pastillas, escabio… Códigos del pasillo: ganó respeto haciéndose temer.
En una de esas noches agarró el paco, o mejor dicho, el paco agarró al gordo y no lo quiso soltar más. Recibió balazos, pasó por el instituto de menores, en más de una oportunidad estuvo al borde de la muerte. Por eso en 2008 volvió a la Iglesia, ahora a participar del Hogar de Cristo, nuestro centro de recuperación de adictos. Para él era una humillación venir, reconocerse débil, vencido por la droga. Había cambiado sus sueños de fútbol y mundiales por historias de gangsters invencibles; porque en el fondo, seguía soñando como sueñan los chicos.
Vino pocas veces al Hogar de Cristo, y muy salteadas, cada vez que mordía el polvo o en su corazón sentía que había nacido para mucho más. Pero no pudo mantenerse, por más que lo buscamos en varias oportunidades para que no se siguiera hundiendo.
Lo dispararon el viernes pasado, sábado a la madrugada. Un plomo de 22, uno solo, pero que de a poco lo fue desangrando. El Hospital ya lo recibió muerto.
La ambulancia tardó mucho y llegó tarde, parecía la imagen de un Estado lento que no supo llegar a tiempo para ayudarlo. Me pregunto si habrá alguna respuesta para los chicos que en este momento están dejando la escuela, ya no digo para los adictos sino para los que esta noche empiezan a probar con drogas. ¿Qué mensaje reciben? ¿Qué programa se ocupa de ellos? ¿Quién les dice que vale la pena vivir, y que pueden hacerlo en serio? ¿Quién les da las herramientas para sobrevivir?
Pienso en el gordo, me acuerdo del pibito luminoso de los sueños de fútbol, y me rebelo al pensar en los miles de chicos de las villas que se retoban al llegar la adolescencia. Cosas de los chicos que en la villa se pagan caro.

jueves, junio 24, 2010

Texto del equipo de curas villeros con motivo de la Conmemoración del Día Internacional de lucha contra la droga…“EL DESAFÍO DEL PACO”

“En nuestras obras, nuestro pueblo sabe que comprendemos su dolor.” San Alberto Hurtado.
En primer lugar quiero, en nombre del Equipo de Sacerdotes para las Villas de emergencia, agradecerles su participación. Esta conmemoración ha reunido a personas de distintas procedencias, partidos políticos, y posición respecto al tema que nos convoca. Han venido personas que trabajan en los tres poderes del Estado, ya sea a nivel nacional como local, representantes de Organizaciones de la Sociedad Civil, de los Organismos del Estado que abordan las políticas de Drogas y Trabajadores de los medios de comunicación social. También participan Voluntarios, Familiares, Chicos y Chicas en tratamiento en el “Hogar de Cristo”, nuestro centro de recuperación.
Nos hemos reunido en este colegio de Don Bosco, para pedirle a este gran santo que nos contagie su mística de cuidado de los niños y jóvenes más pobres y vulnerables. La verdad es que tenemos que reconocer con humildad y dolor que el mundo de los adultos abandonó a los chicos en situación de pobreza y los dejó en manos de “aquellos que no les importa nada de sus vidas y les ponen veneno en sus manos.”
Vivir nuestra misión en las Villas y la experiencia que nos ha dado el “Hogar de Cristo” nos animan a transmitirles algunas convicciones que consideramos pueden ser útiles para enfrentar el desafío que el Paco presenta a nuestra Sociedad. Es importante que quede claro, no estamos hablando de las drogas en general, sino del paco en nuestras Villas.
Hace pocos días, con el equipo de curas de las villas estábamos comentando la película “Casas de Fuego” de Juan Bautista Stagnaro, que narra la epopeya del Dr. Salvador Mazza en su lucha contra el mal de Chagas. En ella aparece una carta que el Dr. Carlos Chagas envió al mismo Dr. Mazza en 1928. Agobiado por el peso del mal, le decía:
"Si desea investigar esta enfermedad, tendrá todos los gobiernos en contra. A veces pienso que más vale ocuparse de crustáceos y batracios que no despiertan la alarma de nadie"
Nos dio que hablar. El Dr. Chagas veía lo difícil que sería encontrar la salida del Mal. Todas las medidas sanitarias resultaban insuficientes frente a las dimensiones del problema. Esa enfermedad no se solucionaba simplemente con una vacuna, o un medicamento. Por cada enfermo del Mal que aparecía, detrás había una familia viviendo por debajo de la línea de pobreza, en ranchos precarios de barro y de paja. Toda la política social del país y las provincias debían acompañar a la política sanitaria. De lo contrario no habría solución. El Mal de Chagas, no era más que el doloroso síntoma de una enfermedad más profunda.
Estamos convencidos que cuando hablamos del Paco estamos hablando de un fenómeno de naturaleza similar. Si el Mal de Chagas es una ventana que exhibe la pobreza del interior de nuestro país, entonces el Paco denuncia la miseria de las grandes periferias urbanas. Hoy se escucha que el Paco llegó a la clase media y alta pero sin embargo no es tan así. Otras clases podrán consumir paco, podrán venir a la villa para hacerlo, podrá tratarse de la misma sustancia comprada en el mismo lugar. Pero el paco será entonces simplemente una droga. En nuestros barrios es mucho más… Cuando el hospital no está preparado para recibir a los chicos, cuando las posibilidades de internación están todas demasiado lejos, cuando no se tienen los documentos y no se puede hacer casi ningún trámite, cuando en la escuela ya no hay lugar para ellos, cuando el mundo de trabajo les resulta esquivo, cuando la justicia es solo el organismo que los inculpa por las consecuencias del consumo, cuando el único sitio que los recibe es la calle, cuando no hay esperanzas, entonces estamos frente al paco más terrible. No importa tanto si el paco es lo que queda de la cocaína o si no se sabe bien que es, lo más terrible es que hace explotar la marginalidad.
El paco es un rostro nuevo de la exclusión, más sangriento. Entender esto es el principio de la solución. Porque si no lo captamos seguiremos pensando que con las respuestas que tenemos alcanza. No basta con los dispositivos existentes. Nadie que entienda el problema del paco en estos barrios podrá pensar que un tratamiento de recuperación puede solucionar el problema. Cuando los chicos y chicas de nuestros barrios regresan de un tratamiento se vuelven a encontrar inmersos en un mundo donde se puede consumir de día y de noche, no encuentran lugar donde no se huela o no se sienta la droga, los amigos de toda la vida siguen viviendo al lado, siguen parando en el mismo pasillo y viviendo del mismo modo, no encuentran trabajo, se encierran o deambulan, y el final va apareciendo con la fuerza de una fatalidad, sin una propuesta de vida la muerte aparece como ineludible… Para que se recuperen estos chicos hay que cambiar también el mundo a su alrededor.
Hablamos del paco y centramos nuestra atención en los Organismos que se ocupan de la drogodependencia. Pensamos en la Sedronar, en la Coordinación de adicciones del Gobierno de la Ciudad, en las decenas de Comunidades Terapéuticas conveniadas, en el Cenareso y en el Payda … Evidentemente, son los primeros que deben entender que estamos frente algo nuevo y que es necesario adaptarse; pero nadie con experiencia puede pensar que allí podrá encontrarse la respuesta. La exclusión se enfrenta haciendo lugar en la sociedad. Sin lugar en el mundo no hay recuperación posible.
En el “Hogar de Cristo”, nuestro modesto centro de recuperación barrial, nos encontramos a diario con esta realidad. Cuando caminamos por la villa, o vamos a buscar a los chicos y chicas en situación de consumo, vemos que lo más común es que piensen que ya no pueden cambiar. Sienten que todas las puertas están demasiado lejos. Que si tienen suerte y pueden empezar un tratamiento, difícilmente lo puedan terminar, y que si lo hacen es casi imposible que puedan mantenerse limpios cuando al ser dados de alta vuelven a la villa. Como no consiguen trabajo, debemos inventarlo; hacer cosas que deberían poder hacer por si mismos, abrir las puertas que la sociedad fue cerrando.
Creemos que debería haber más centros así, como el Hogar de Cristo en todos los barrios. Pistas de aterrizaje desde donde los adictos puedan entusiasmarse con la recuperación y ver que es posible, puedan prepararse para un tratamiento y llegar de vuelta cuando lo terminan para organizar la vida. Centros que vayan a buscar a los pibes y no esperar a que aparezcan, porque es muchas veces nuestra ineficacia o lentitud lo que hace que descrean de las respuestas que podemos darles. Centros que reconstruyan la historia de los pibes, despedazada, hecha trizas, fragmentos de intentos, tratamientos e internaciones. Centros que le den unidad a la lucha, que hagan sentir que la misma vida es la recuperación, y que tiene sentido pelearla.
El camino de la inserción para cualquier persona pobre de nuestros barrios, es largo y trabajoso, y con sendas que se pierden en el laberinto de la burocracia. Si es así para cualquiera, cuanto más difícil para este grupo marginal que presenta un alto hándicap debido a las consecuencias del consumo de sustancias, y a la larga cadena de ausencias: alimentación, salud, vivienda, trabajo, paz, integración.
Reconocer el fracaso es la puerta de la salvación. Sin tomar conciencia del lugar exacto donde estamos parados con respecto al problema es imposible trazar caminos verdaderos. Por eso estamos convencidos que es necesario un exhaustivo examen de conciencia en todos los niveles. Los medios de comunicación, el empresariado, los organismos de gobierno, el poder judicial, las Organizaciones de la sociedad civil, los hospitales, la iglesia… nadie puede pensar “a mi no me toca” porque hacer lugar es responsabilidad de todos.
Como indicábamos en nuestro documento “La droga en la villas despenalizada de hecho”, en la villa los chicos se drogan en cualquier lado, en cualquier momento. Familias enteras se destruyen por esta causa, la muerte violenta es moneda corriente, cosa de todos los días. Madres desesperadas que ven que sus hijos se van muriendo de a poco. Que recorren defensorías, asesorías, organismos de gobierno, tratando de mantener encendida la esperanza, imaginando que un día serán escuchadas, y recibiendo en cambio la sordera de un Estado ausente, que los abandonó a su suerte. Siguen esperando ser escuchadas…
Cuando decimos “Estado ausente” queremos que se entienda bien. Hay muchos Médicos, Abogados, Trabajadores Sociales, Psicólogos, etc. que trabajan en el Estado y lo hacen de manera excelente, mucho más allá de su deber y es justo reconocer su labor. Pero al mismo tiempo, el Estado como Organismo esta ausente en el tema que hoy nos convoca. Esto no quiere decir que no se haga nada en materia de prevención y asistencia de la drogodependencia en general, sino que, lo que se hace en cuando al “desafío del paco” es tan desarticulado e insignificante como enfrentar a un elefante enfurecido con una gomera. Reconocer esto es el principio de la solución, que nadie se enoje.
Mientras tanto se discute la despenalización, que dejaría de lado la única herramienta actual que obliga al Estado a intervenir frente a tamaña inacción. Esta discusión para nosotros pertenece a las últimas páginas de un libro. Todavía en nuestros barrios no se han escrito las primeras; ya que muchos de los niños, adolescentes y jóvenes de nuestras villas no viven sino que sobreviven y muchas veces la oferta de la droga les llega antes que un ambiente dichoso y sano para jugar, llega antes que la escuela, o llega antes que un lugar para aprender un oficio y poder tener un trabajo digno. Se acortan así las posibilidades de darle un sentido positivo a la vida.
Por consiguiente más necesario que obligar al adicto a hacer tratamiento es obligar al Estado a hacerse cargo. La despenalización, las leyes, los fallos, los programas de educación y prevención, todo parece construido desde la clase acomodada. Pero para legislar, juzgar y obrar desde los pobres es necesario escucharlos, ya que desde su experiencia de la vida, que no es la que nosotros tenemos, perciben cosas que nosotros no percibimos.
Hace poco nos tocó en el Hogar de Cristo, acompañar a una mamá muy joven que no podía con su hijo, un adicto al paco que delinquía para consumir. Cuando la señora vio que el pibe hacía cosas malas, que duraría poco, que se estaba hundiendo su familia, y que sus otros hijos empezaban a imitarlo, comenzó un largo camino. Visitó defensorías, asesorías y organismos judiciales. Durante dos años trató que alguien escuchara su voz. El pibe no quería cambiar, pero en su adicción estaba arrastrando a toda la familia a la ruina. Se llevó la puerta de su casa, las ventanas, electrodomésticos, la ropa de todos. Lastimó a sus hermanos y a sus vecinos. Dos años de tragedia recorriendo lugares con la única esperanza de ser escuchada, que un juez dispusiera la internación de su hijo, aunque él no quisiera, porque ella prefería verlo internado a verlo en un cajón. Y ocurrió lo peor, al pibe lo mataron. Cuando hacíamos la misa de difuntos, ella entre lágrimas reconocía: Si me hubieran escuchado, no lo se, pero tal vez hoy no estaría muerto. Las paradojas del destino, tuvo que llevar el certificado de defunción al mismo juez que durante dos años no le prestó atención a su reclamo. Sólo Dios sabe cuantos casos así hay en nuestros barrios, nosotros damos testimonio de que son muchos. Por eso, vemos que para que nuestra legislación tenga en cuenta a los pobres, incluso para juzgar o para armar las instituciones, el primer paso indispensable es la escucha.
La escucha es apertura, lo contrario a las cerrazones dogmáticas de la ideología. Urge ponerla en práctica en este campo en que los extremos ideológicos coinciden en una falsa concepción de la libertad. Parece un sarcasmo, en los volquetes de la villa, entre la basura, hay chiquitos de diez, o tal vez menos años consumiendo paco. Hay nenas de catorce prostituyéndose, por la misma causa. Les preguntan si se quieren recuperar, los mismos que obligan a sus hijos que tienen la misma edad a ir a la escuela, al médico o al dentista. A ellos les preguntan. En nombre de la libertad, piensan que llevarlos a un hogar contra su voluntad es represión, y no entienden que la droga los hiere justamente en la libertad. Hay que vivir en la villa para escuchar su llanto, suele ser de noche, cuando llueve, cuando hace frío, cuando tienen hambre, cuando todas las dependencias del estado están cerradas. Ahí piden que se los ayude, que necesitan un hogar, recuperarse.
Hace pocos días, un pibe de nuestro Hogar de Cristo que ya intentó un montón de internaciones sin poder aguantar tres días en ninguna, estaba pensando en suicidarse. “Ya lo probé todo, y no puedo aguantar ni un poquito – decía – no me da el cuero para cambiar, lo mejor es que me vaya”. Pero se iluminó, se le ocurrió escribir una carta al juez para que por favor lo internaran en un lugar cerrado, del que no se pudiera ir. Pedía que lo medicaran si se ponía muy loco por la abstinencia. Narraba con claridad su experiencia, y entendía que necesitaba poner entre paréntesis su voluntad por un tiempo.
El que interna por internar, para sacar del medio, para que el pibe no moleste; y el que no interna cuando hace falta, ambos están lejos de entender a los pibes del paco. Sólo escuchando podremos superar las antinomias ideológicas. En esta materia están de sobra. La escucha es apertura que vence a la cerrazón. Los errores de la cerrazón se pagan demasiado caros.
Nos detenemos a pensar lo que se pierde si no vemos el problema y tomamos el toro por las astas. Pierden los adictos que terminan arrastrando una vida hecha girones que habitualmente termina antes de tiempo y de modo violento; pierden sus familias, sus padres que hasta llegan a abandonar el trabajo para cuidar la casa y lo poco que tienen para protegerlo de su adicto, los hermanitos que abandonan la escuela cuando el adicto les vendió los libros, delantal y zapatillas. Alcanza mirar el Calvario que viven a diario las Madres del Paco, y todas las madres y padres, que aunque no estén organizados, recorren a diario el vía crucis de la adicción. Pierden también los hijos de los adictos – casi todos tienen hijos – que quedan expuestos a la intemperie, que muchas veces son vendidos, olvidados, abandonados en noches de gira; pierde el barrio, víctima de violencias demenciales, de robos reiterados, de muertes. Cada tanto, pierde también el resto de la sociedad, cuando – cada vez más – lo peor de este mundo perverso sale del su encierro y toca a alguien de afuera, entonces la sangre tiñe las rotativas de los diarios y el tema ocupa primeras planas. Pierde el que vende, que termina enganchado, o sus hijos. Pierde el que compra, la vida. Pierde el que trabaja, el que no tiene nada que ver en el asunto, pierde el que está sano. Pierde el Estado que gasta los dineros públicos, debe hacerlo, pero no le encuentra la vuelta. Pierde la Patria, pierde a sus hijos, se está desangrando.
Con el paco perdemos todos, es mejor que nos ocupemos. Si la comunidad entera no asume su responsabilidad, esto va a resultar demasiado caro. Cuando decimos “comunidad entera” estamos incluyendo a los chicos y chicas en recuperación… ellos y ellas son los jugadores esenciales en este difícil partido.
Pensábamos en un paradigma, el de la lucha contra la discriminación de personas con capacidades diferentes. Aun cuando falta mucho, la sociedad avanzó bastante en la conciencia del problema, y en muchas esquinas de nuestra ciudad hay rampas para las sillas de ruedas, en los colectivos asientos, en las oficinas y dependencias baños. La comunidad indica de este modo que se adapta para hacer lugar a personas con capacidades diferentes. Cambiar para hacer lugar, es posible porque reconocemos el problema.
La lucha contra el paco debe ser causa nacional porque es la lucha contra la exclusión. Vemos que es el mejor modo de celebrar el Bicentenario.
Por último ponemos bajo la protección y el cuidado de la Virgen de Luján, Madre de nuestro Pueblo, a las familias que en nuestros barrios sufren el flagelo de la droga.
Equipo de Sacerdotes
para las Villas de emergencia
(Arzobispado de Buenos Aires)

jueves, junio 03, 2010

Sean eternos los laureles


Era el 26 de Mayo, a las 19 hs. Yo estaba en la Parroquia, de guardia, atendiendo la interminable cola de todos los días, y preparándome para la misa que debía celebrar a las 7 y media. Atendí el teléfono a las apuradas, como siempre, sin saber que era la misma Patria la que estaba llamando. Me explico. Llamaban de la Escuela de Aldo y a decir verdad me asusté un poco.
Aldo es un pibe que conocimos hace un año, vivía en la calle, estaba día y noche con el Paco. Para buscar refugio, paraba a veces en la casa del transa, y fue el mismo transa el que al verlo tan mal le decía que para recuperarse viviera a la Iglesia. Recorrió los caminos del ambulatorio, luego se desintoxicó en la granja, y ahora está viviendo en el Hogar Hermana Pilar, una casa de medio camino que tenemos en la villa para que vivan los chicos que vuelven de la granja y deben consolidar su recuperación.
Está participando del taller de imprenta, aprendiendo un oficio, y terminando la primaria. Por eso es común que algunas noches venga contento, a mostrar los “muy bien” o los “excelente” que le ponen sus maestras. Es lindo verlo, porque ya es mayor y vive la escuela con la misma intensidad que un chico. Me trae la carpeta, me muestra lo que hizo, me cuenta que lo felicitan… A veces pienso que volvió a encontrar una infancia que le había sido robada.
Esa tarde me llamaron de la escuela, y yo me asusté. Tal vez son los reflejos o la costumbre de pensar que todo tiene que salir mal. En este tema sabemos todos que no son pocas las posibilidades de fracaso. Sin embargo no era así. La directora me avisaba que Aldo estaba por ser abanderado en el acto escolar, y me invitaba a participar.
¿Cómo no iba a ir? Llamé a Facundo para que me reemplazara en la misa de la tarde y salí corriendo para la escuela. Llegué justo antes de que empezara.
A decir verdad, en el acto quedaba de manifiesto la pobreza del sistema escolar. Los docentes no podían con los recursos técnicos modernos, los discursos patrios eran pobres y poco claros. Pero algo era incontestable, en la escuela había lugar para un pibe que venía de vivir en la calle y la destrucción del Paco.
Me fui emocionado por la escuela y por Aldo. Hace poco, el día del Padre Carlos Mujica, los curas de las villas presentábamos un documento en el que decíamos que el Bicentenario nos debía agarrar trabajando por la inserción. Falta mucho, muchísimo. Pero parece que Dios quiso darnos aliento en un momento tan significativo como el Bicentenario.

sábado, mayo 22, 2010

La solidaridad en el reino de la muerte


Lucy venía regularmente al Hogar de Cristo. Era una chica linda, de unos 19 años, cuando la conocimos estaba embarazada. Nunca tuvo mucha fuerza para cambiar, a pesar de que la beba que traía en el vientre una y otra vez parecía llamarla a sentar cabeza. Venía como mecánicamente, nosotros oíamos los ecos de su llanto, pero no la escuchábamos llorar directamente. Su dolor se manifestaba lejano, como si no lo quisiera mirar a los ojos. No era frecuente, pero cada tanto se rompía el cántaro, y ahí sí, un mar de lágrimas regaba su rostro. Quienes la escuchábamos suponíamos que habíamos llegado al fondo, era el momento de hacer pie y cambiar, pero con esa velocidad eléctrica que caracteriza su vida se secaba las mejillas y sonreía, como cuando el sol asoma de nuevo después de la tormenta.
Se encariñó mucho con Juan, un sacerdote grandote que está con nosotros en la Parroquia. Lo iba a buscar a menudo como a su padre, para contarle las desventuras de sus tiempos de gira, para acusar a la suerte por la sucesión de violencias, abusos y maltraeres con que era castigada a diario. Intuyo que veía en él una figura protectora y paternal. Le traía a sus novios, Romeos de una noche, para que les diera la bendición. Y Juan se agarraba la cabeza, y trataba de hablarle. Cuidarse de las enfermedades, la beba en el vientre, sentar cabeza, madurar… Ella lo miraba atenta los cinco o diez minutos que puede durar su atención, y se iba de vuelta, como si el mundo empezara nuevamente en esa mañana.
El año pasado intentó alguna internación sin éxito. Con vih, sífilis, y hasta se agarró una pancreatitis, que pudo superar gracias a que Juan la llevó una veintena de veces al hospital, cada vez que se escapaba a causa de la abstinencia.
Transcurría el séptimo mes de embarazo. Esa noche como muchas, Lucy estaba de gira. Caminaba para acá y para allá por los pasillos más oscuros de la villa, drogándose y consiguiendo para drogarse. Y como suele ocurrir con las chicas del paco que están embarazadas, Rosi decidió nacer. Tres de la mañana, en el pasillo, en un barrio que no tiene colectivos que lleguen hasta el hospital, donde no hay taxis ni entra la ambulancia. Tres de la mañana, con las remiserías cerradas, fue la hora en que Sonia la encontró gritando de dolor.
Sonia es una compañera de consumo, que como de costumbre, esa noche también estaba de gira. Evidentemente, esa noche, en el tenebroso pasillo brillaba alguna luz especial. Sonia recordó a un cliente suyo, que tenía un remís y vivía ahí cerca.
Rosi nació en el Hospital Penna porque Sonia se hizo cargo de la parturienta y un remisero le debía favores. Pesó 1,6 kg, y sobrevivió a las giras de su madre. Sufrió abusos, palizas, hambre y cansancio; consumió porro, merca, pastillas, alcohol y mucho paco. Pero nació, y fue recibida con una profunda alegría por Lucy. Cuando llegué al hospital, la ví tan mamá. Tenía a la beba en brazos, su rostro regalaba paz, y por la ternura, la foto bien podría ser una postal navideña. Quedé muy sorprendido, el ser humano tiene unas reservas asombrosas.
De Sonia no supe nada por un tiempo largo, hasta que la volví a cruzar por los pasillos. Quise hablarle de la beba, contarle que estaba bien y que su intervención había sido fundamental. Pero Sonia no estaba para hablar. La solidaridad entre los habitantes del reino de la muerte es tan común… Poco tiempo antes, un recién nacido había sido encontrado por la mañana en uno de los volquetes de la villa. Otra embarazada que de gira había dado a luz, pero desgraciadamente no encontró el mismo socorro.