jueves, septiembre 16, 2010

La Resistencia

Junto a los ríos de Babilonia, nos sentábamos a llorar, acordándonos de Sión.
En los sauces de las orillas teníamos colgadas nuestras cítaras.
Allí nuestros carceleros nos pedían cantos,
y nuestros opresores, alegría: «¡Canten para nosotros un canto de Sión!»
¿Cómo podíamos cantar un canto del Señor en tierra extranjera?
Si me olvidara de ti, Jerusalén, que se paralice mi mano derecha.
Que la lengua se me pegue al paladar si no me acordara de ti,
si no pusiera a Jerusalén por encima de todas mis alegrías.

Si tuviera que elegir un salmo sin duda sería este. Mezcla de dolor y de esperanza. Noche oscura grávida de luz. Con qué poco esfuerzo se oye el llanto de aquellos israelitas del exilio. Si hasta parece que el clamor se sale de la Biblia, para clavarse como un arma poderosa en el alma del que escucha.
Eran el pueblo elegido. Dios había posado su mirada en ellos. Y sin embargo allí estaban, desterrados, oprimidos, apesadumbrados, esclavos de un enemigo fortísimo que los humillaba sin piedad. Pero aunque su voz estuviera encadenada, aunque sus opresores los tuvieran maniatados, el gemido de su corazón se elevaba en plegarias.

- “¡Desde lo hondo a ti grito Señor!
¡Señor escucha mi voz!
Estén tus oídos atentos al clamor de mi súplica”


Sin embargo, no creo que sea el puro dolor la causa de nuestra empatía. Desde lo más hondo de su existencia, cuando la fuerza de su adversario nada permitía esperar, seguían con los ojos clavados en lo alto. Sabían que en algún momento su Dios se acordaría, y que entonces sí serían liberados. Hacer memoria de su tierra prometida fue la consigna que les permitió sobrellevar la tribulación.
Qué terrible coincidencia con nuestros días. Esta juventud, representación de fuerza, plenitud y libertad se encuentra exiliada de su condición juvenil. La edad de las posibilidades se descubre sin vacantes para estudiar, con un mundo laboral esquivo, sin acceso a la salud, sin documentos. Los explotadores ya no usan cadenas, alcanza con el Paco, ese veneno de ratas capaz de despojar de futuro a cualquier chiquito. Y los pibes que sienten en el alma el llamado a vivir en la felicidad, están confinados a un mundo marginal donde no parece haber más alternativas que la ilusión de la droga.
Hace un mes organizamos en la villa, con ocasión del aniversario de la llegada de la Imagen de la Virgen de Caacupé, una maratón infantil por la paz. Corrieron cerca de dos mil quinientos chicos. El ideal que embanderaba la jornada: “queremos un barrio de paz” servía a la vez como un lema que resume buena parte del trabajo de prevención que llevamos adelante. Cada grupo de catequesis, de exploradores, de la escuela de fútbol, de los hogares de día, de los apoyos escolares, trabajaron la consigna.
Nosotros somos conscientes que el ideal es utópico, que en un barrio tan lleno de armas la paz aparece como muy lejana, que incluso para la propia naturaleza humana que está herida, el conflicto es parte de la vida. Sin embargo no dudamos en presentar la paz como desafío, como meta y horizonte. Conectamos el deseo de la paz que existe en los vecinos con un pensamiento concreto: la paz es posible si cada uno se compromete. Tal vez no alcancemos la paz, pero sin duda trabajamos por un barrio más pacífico.
¿Qué hubiera pasado si los israelitas se olvidaban de Jerusalén, si ya no tenían otra razón para resistir? ¿Qué pasaría si nos resignáramos a tanta muerte, tanta sangre y violencia; si no deseáramos y trabajáramos por la paz? La fe es la dimensión sobrenatural del ideal, en última instancia, el objetivo de los cristianos es Dios, la Justicia, la Paz, el Bien.
La resistencia consiste en presentar la belleza del ideal, y dar las herramientas para alcanzarlo. Que Dios y la Virgen nos agarren resistiendo.

miércoles, agosto 11, 2010

Un caso de inseguridad


Hay dolores que son así, que de a ratos se encarnizan y parece que cobraran vida, que entre alaridos sugieren que no será posible seguir aguantando por mucho tiempo, pero que amainan en otros momentos y sin llegar a desaparecer pasan a un segundo plano, como cuando el sol se esconde detrás de las nubes o cuando la sonrisa tierna hace olvidar el llanto.
Sucede así: de a ratos las rotativas escupen sangre, tiñe las radios un rojo carmín tan intenso que al más duro parece encender. Hace explosión con un hecho, dos, tres, o con una cadena de sucesos, y entonces el grito, que hasta entonces navegaba por las profundidades se vuelve a hacer piel, callo, llaga, y supura. La violencia vuelve a ser inaguantable, y un gemido renace: ¡¿Hasta cuando?!
El grito, amplificado en los medios son las escaras de una sociedad paralizada, que sufre del síntoma, más que de la enfermedad.
Siempre recuerdo cuando hace unos años me tocó abrir un comedor en un sector muy pobre de la villa. Todos los días venía una abuela con su nietito. ¿Quién sabe que caminos habrán llevado a una señora de más de 70 años a hacerse cargo de su nieto de seis? Vivían en una casilla chiquita hecha con madera y carteles de publicidad callejera, con piso de tierra y techo de chapas de cartón. Sin ventanas, el lugar se ventilaba por una puerta que no cerraba, por los huecos de las paredes y el techo. La humedad era algo insoportable, al punto que el pibe siempre andaba con bronquiolítis, asma o algún trastorno respiratorio, y juntos recorrían salitas y hospitales. Como no tenían cama, dormían juntos en un colchón de una plaza que tenían tirado en el piso, y entre el olor y la oscuridad el hogar no parecía muy acogedor.
A mi me trasladaron y por dos años no supe nada de ellos. Ya ordenado sacerdote volví a la villa, y encontré que no estaban. Me contaron que ella estaba privada de su libertad, que durante mi ausencia, agobiada por esa vida de ratas se volcó a la delincuencia y perdió. En lugar de la antigua choza, había una casita de material, de ladrillos sin reboque pero con loza. Se me revolvieron las tripas. Supe que hizo cosas muy malas, de las que no se pueden justificar por la pobreza. No la justifico pero la entiendo, porqué se de los dolores que aguantó su columna, hasta que no pudo más y se quebró.
La abuela dejó en mi alma una marca profunda. Desde entonces, cada vez que veo los diarios arder de tanta inseguridad pienso que como sociedad estamos frente a un témpano y me acuerdo del Titanic. Leo el desastre de las miles de víctimas de los hechos de violencia que suceden a diario. Todas tremendas, todos son gritos en carne viva. Y leo también lo que en la misma noticia no se está diciendo. La historia de montones de pibes educados por la propaganda y vencidos por la pobreza. Los que aprendieron que solo pueden ser felices teniendo las zapatillas de Messi, los mejores celulares, o la moto más fachera. Hijos de la miseria que entendieron que nunca podrán ser felices (esa felicidad mentirosa que les vende la propaganda) hasta que decidieron saltar la cerca, cruzar la línea y hacerse un mundo paralelo, uno en el que sí tienen lugar.
Pienso en el témpano, y me doy cuenta del peligro que asume una sociedad librada a las reglas del mercado. Sin embargo, como cura me encuentro a diario numerosas canteras morales, tesoros ocultos que emocionan e invitan a esperar. Es un cristianismo que se fue transmitiendo de padres a hijos, descendiente de la primera evangelización y que vive su propio ritmo y que se expresa a su modo en peregrinaciones, novenas y promesas. Un modo de ver la vida con otros ojos, donde las enseñanzas de Cristo, grabadas en el corazón del pueblo señalan que la felicidad debe buscarse en otro lado, en el don de sí, en lo generoso, lo solidario.
Pienso qué sería del mundo asediado por la propaganda sin este dique moral que es la fe. Qué pasaría si los padres no enseñaran los mandamientos a sus hijos, si no les dijeran que no hay que mentir, que robar, que matar. Si no enseñaran que la vida es vida cuando se da, que (como dice Jesús) hay más alegría en dar que en recibir.
Pensando en esto no puedo más que redoblar la apuesta.

miércoles, julio 28, 2010

La revancha

"No te podés dormir, la calle siempre te da revancha" – me decía hace años un chiquito que intentaba hacerme entender los códigos callejeros. Luquitas expresaba a su modo que la calle es una selva, que allí vale la ley del más fuerte, que él corría en desventaja frente a los más grandes, pero que un descuido tiene cualquiera, y los hilos sueltos suelen dar lugar a las venganzas. Siempre me acuerdo del pibe, que a su modo intentaba sobrevivir al desamparo. En estos días me venía a la memoria su frase, pero no para pensar en lo descarnado, sino en que con la vida muchas veces pasa igual, también da revancha.
El Gato siempre fue un mamarracho. Vago hasta para afanar (gracias a Dios), porque cuando lo hacía era bastante malo. Se acercó a la Parroquia en 2006, para pedir ayuda, movido no tanto por la conciencia de que necesitaba cambiar sino para parar la bronca en su casa, para contentar a la familia que ya no aguantaba las consecuencias de su consumo. Iba y venía, nunca comprometido en serio con su recuperación. Reconozco sí, que en algún momento se entusiasmó con la posibilidad de cambiar, de dejar la droga y el rastreo. Pero le duró poco, nunca pudo sostenerlo.
En Marzo de 2008 abrimos el Hogar de Cristo, y fue parte del grupo fundador. Sin embargo, mientras los otros progresaban, él se quedaba atrás, estancado. Probamos varias internaciones pero nunca se duró más de una semana. El año pasado, vimos que ya estaba transmitiendo un mal espíritu a los otros chicos y chicas que llegaban al centro de recuperación. Venían con ganas pero el Gato les contagiaba su desazón. Por esto, y por algunas transgresiones muy concretas nos fue obligando a pensar en la expulsión. Era la primera vez que quedábamos contra las cuerdas, y se nos planteó el dilema: ¿Qué significaba la expulsión del Hogar de Cristo? Si después del Hogar de Cristo ya no hay nada, ¿dónde quedaban confinados los expulsados? Si hicimos el Hogar de Cristo justamente porque todas las otras puertas están muy lejos, si esto lo sabemos nosotros, pero fundamentalmente lo saben los pibes… ¿Qué significaba la expulsión en la vida de un pibe de los nuestros? ¿No era condenarlo al desamparo? Veíamos claro que era como cortar la última amarra que lo asía a la vida, que no tenía otras opciones a la mano y que la muerte aparecía fuerte en el horizonte. Sin embargo, ¿cómo hacer para que el Gato no arruinara el buen camino de otros adictos?
Luego de mucho debatir, con el equipo decidimos abrir un grupo especial para aquellos pibes que son más difíciles, los que se van eternizando en el ambulatorio, los que no progresan ni dejan progresar. Un grupo con el único objetivo de mantener viva la llama de la esperanza. Lo llamamos “San Francisco”, con la ilusión que bajo el amparo de un santo tan grande como misericordioso Dios nos fuera mostrando el camino.
Y fue casi milagroso, el Gato entró a mejorar, y como él los otros fundadores del San Francisco. Uno se internó y la está haciendo muy bien, otro se ordenó en la vida, empezó a trabajar y viene a vernos cada tanto para buscar un poco de acompañamiento, a otro lo perdimos de vista (no es un buen signo). El Gato terminó en nuestra Granja Madre Teresa, y a pesar de muchas dificultades hizo un camino muy bueno. Está irreconocible, da mucha alegría escuchar las reflexiones existenciales de este pibe que en otro tiempo era un manojo de instintos, de movimientos descoordinados y brutales.
En estos días el Gato tenía a su nena enferma, y me vino a ver. Estaba en una actitud paternal que no formaba parte de su repertorio habitual. Debo reconocer que estoy verdaderamente asombrado. Pasó mucho tiempo desde llegó por primera vez. Fueron casi cuatro años esperando que le llegara el momento, que tomara conciencia y se decidiera a cambiar. Muchas veces se escapó de la muerte con lo justo, y aún así seguía viniendo sin venir, haciendo una presencia cumplidora que tenía poco de genuina. Los cambios en este tema no se fuerzan, no se pueden forzar. Cuatro años esperándolo, teniéndole paciencia, apostando a que un día entraría en razón. Viene bien, como nunca, y aunque sabemos de su fragilidad, su camino nos indica que hay que ser amigos del tiempo, que la vida da revancha, y hay que estar preparados para aprovechar el momento.

miércoles, julio 07, 2010

Chiquilladas

El gordo era un pibe común, pero con la pelota dibujaba retazos de sueños. La pisaba, la hacía saltar, y cuando pateaba al arco parecía que siempre buscaba clavarla en el ángulo. Era apasionado y dejaba todo en la cancha, con algo de Tevez o Mascherano disputaba en el potrero la final del mundo en cada picado. Lo conocí de pibe, 13 años nomás tenía y ya mostraba un brillo especial. Pero la adolescencia fue para él un tiempo difícil, tanto que no lo supo eludir.
Me acuerdo el cambio que hizo en el 2003. Siempre había sido inquieto y un poco travieso, pero la rebeldía normal de la adolescencia es un lujo que los pibes de la villa terminan pagando caro. Se puso cabezón, no quería ir más a la escuela, se escapaba al potrero para jugar a la pelota. La mamá estaba preocupada, sentía que se le iba de las manos y que ya no lo podía contener. A pesar de que hizo todo lo que estaba a su alcance, el pibe se le fue escurriendo como el agua entre los dedos.
Todavía venía a la Iglesia, a una casa de adolescentes que tenemos para ayudar a los pibes a que no se enganchen en giladas. Ahí practican deportes, desayunan, almuerzan, tienen computación y apoyo escolar. Recuerdo que en ese momento la vimos venir, tratamos por todos los medios de que el pibe no dejara la escuela, porque algo indicaba que era el último tren. Apareció la marihuana, algún robo menor; y frente a la alarma de su madre, un grupo de expertos le explicaron que no era tan grave, que cualquiera se fumaba un porro, que no debía ser tan sobreprotectora, que debía entender cómo era la adolescencia. De a poco fue ganando la calle y dejando todo hasta quedar varado en una esquina de la que ya no pudo desencallar.
Durante algunos años lo seguí viendo en la calle, cada vez más desencajado. Al tiempo se enfierró, robaba grande y con violencia. Se sentía poderoso. Merca, pastillas, escabio… Códigos del pasillo: ganó respeto haciéndose temer.
En una de esas noches agarró el paco, o mejor dicho, el paco agarró al gordo y no lo quiso soltar más. Recibió balazos, pasó por el instituto de menores, en más de una oportunidad estuvo al borde de la muerte. Por eso en 2008 volvió a la Iglesia, ahora a participar del Hogar de Cristo, nuestro centro de recuperación de adictos. Para él era una humillación venir, reconocerse débil, vencido por la droga. Había cambiado sus sueños de fútbol y mundiales por historias de gangsters invencibles; porque en el fondo, seguía soñando como sueñan los chicos.
Vino pocas veces al Hogar de Cristo, y muy salteadas, cada vez que mordía el polvo o en su corazón sentía que había nacido para mucho más. Pero no pudo mantenerse, por más que lo buscamos en varias oportunidades para que no se siguiera hundiendo.
Lo dispararon el viernes pasado, sábado a la madrugada. Un plomo de 22, uno solo, pero que de a poco lo fue desangrando. El Hospital ya lo recibió muerto.
La ambulancia tardó mucho y llegó tarde, parecía la imagen de un Estado lento que no supo llegar a tiempo para ayudarlo. Me pregunto si habrá alguna respuesta para los chicos que en este momento están dejando la escuela, ya no digo para los adictos sino para los que esta noche empiezan a probar con drogas. ¿Qué mensaje reciben? ¿Qué programa se ocupa de ellos? ¿Quién les dice que vale la pena vivir, y que pueden hacerlo en serio? ¿Quién les da las herramientas para sobrevivir?
Pienso en el gordo, me acuerdo del pibito luminoso de los sueños de fútbol, y me rebelo al pensar en los miles de chicos de las villas que se retoban al llegar la adolescencia. Cosas de los chicos que en la villa se pagan caro.

jueves, junio 24, 2010

Texto del equipo de curas villeros con motivo de la Conmemoración del Día Internacional de lucha contra la droga…“EL DESAFÍO DEL PACO”

“En nuestras obras, nuestro pueblo sabe que comprendemos su dolor.” San Alberto Hurtado.
En primer lugar quiero, en nombre del Equipo de Sacerdotes para las Villas de emergencia, agradecerles su participación. Esta conmemoración ha reunido a personas de distintas procedencias, partidos políticos, y posición respecto al tema que nos convoca. Han venido personas que trabajan en los tres poderes del Estado, ya sea a nivel nacional como local, representantes de Organizaciones de la Sociedad Civil, de los Organismos del Estado que abordan las políticas de Drogas y Trabajadores de los medios de comunicación social. También participan Voluntarios, Familiares, Chicos y Chicas en tratamiento en el “Hogar de Cristo”, nuestro centro de recuperación.
Nos hemos reunido en este colegio de Don Bosco, para pedirle a este gran santo que nos contagie su mística de cuidado de los niños y jóvenes más pobres y vulnerables. La verdad es que tenemos que reconocer con humildad y dolor que el mundo de los adultos abandonó a los chicos en situación de pobreza y los dejó en manos de “aquellos que no les importa nada de sus vidas y les ponen veneno en sus manos.”
Vivir nuestra misión en las Villas y la experiencia que nos ha dado el “Hogar de Cristo” nos animan a transmitirles algunas convicciones que consideramos pueden ser útiles para enfrentar el desafío que el Paco presenta a nuestra Sociedad. Es importante que quede claro, no estamos hablando de las drogas en general, sino del paco en nuestras Villas.
Hace pocos días, con el equipo de curas de las villas estábamos comentando la película “Casas de Fuego” de Juan Bautista Stagnaro, que narra la epopeya del Dr. Salvador Mazza en su lucha contra el mal de Chagas. En ella aparece una carta que el Dr. Carlos Chagas envió al mismo Dr. Mazza en 1928. Agobiado por el peso del mal, le decía:
"Si desea investigar esta enfermedad, tendrá todos los gobiernos en contra. A veces pienso que más vale ocuparse de crustáceos y batracios que no despiertan la alarma de nadie"
Nos dio que hablar. El Dr. Chagas veía lo difícil que sería encontrar la salida del Mal. Todas las medidas sanitarias resultaban insuficientes frente a las dimensiones del problema. Esa enfermedad no se solucionaba simplemente con una vacuna, o un medicamento. Por cada enfermo del Mal que aparecía, detrás había una familia viviendo por debajo de la línea de pobreza, en ranchos precarios de barro y de paja. Toda la política social del país y las provincias debían acompañar a la política sanitaria. De lo contrario no habría solución. El Mal de Chagas, no era más que el doloroso síntoma de una enfermedad más profunda.
Estamos convencidos que cuando hablamos del Paco estamos hablando de un fenómeno de naturaleza similar. Si el Mal de Chagas es una ventana que exhibe la pobreza del interior de nuestro país, entonces el Paco denuncia la miseria de las grandes periferias urbanas. Hoy se escucha que el Paco llegó a la clase media y alta pero sin embargo no es tan así. Otras clases podrán consumir paco, podrán venir a la villa para hacerlo, podrá tratarse de la misma sustancia comprada en el mismo lugar. Pero el paco será entonces simplemente una droga. En nuestros barrios es mucho más… Cuando el hospital no está preparado para recibir a los chicos, cuando las posibilidades de internación están todas demasiado lejos, cuando no se tienen los documentos y no se puede hacer casi ningún trámite, cuando en la escuela ya no hay lugar para ellos, cuando el mundo de trabajo les resulta esquivo, cuando la justicia es solo el organismo que los inculpa por las consecuencias del consumo, cuando el único sitio que los recibe es la calle, cuando no hay esperanzas, entonces estamos frente al paco más terrible. No importa tanto si el paco es lo que queda de la cocaína o si no se sabe bien que es, lo más terrible es que hace explotar la marginalidad.
El paco es un rostro nuevo de la exclusión, más sangriento. Entender esto es el principio de la solución. Porque si no lo captamos seguiremos pensando que con las respuestas que tenemos alcanza. No basta con los dispositivos existentes. Nadie que entienda el problema del paco en estos barrios podrá pensar que un tratamiento de recuperación puede solucionar el problema. Cuando los chicos y chicas de nuestros barrios regresan de un tratamiento se vuelven a encontrar inmersos en un mundo donde se puede consumir de día y de noche, no encuentran lugar donde no se huela o no se sienta la droga, los amigos de toda la vida siguen viviendo al lado, siguen parando en el mismo pasillo y viviendo del mismo modo, no encuentran trabajo, se encierran o deambulan, y el final va apareciendo con la fuerza de una fatalidad, sin una propuesta de vida la muerte aparece como ineludible… Para que se recuperen estos chicos hay que cambiar también el mundo a su alrededor.
Hablamos del paco y centramos nuestra atención en los Organismos que se ocupan de la drogodependencia. Pensamos en la Sedronar, en la Coordinación de adicciones del Gobierno de la Ciudad, en las decenas de Comunidades Terapéuticas conveniadas, en el Cenareso y en el Payda … Evidentemente, son los primeros que deben entender que estamos frente algo nuevo y que es necesario adaptarse; pero nadie con experiencia puede pensar que allí podrá encontrarse la respuesta. La exclusión se enfrenta haciendo lugar en la sociedad. Sin lugar en el mundo no hay recuperación posible.
En el “Hogar de Cristo”, nuestro modesto centro de recuperación barrial, nos encontramos a diario con esta realidad. Cuando caminamos por la villa, o vamos a buscar a los chicos y chicas en situación de consumo, vemos que lo más común es que piensen que ya no pueden cambiar. Sienten que todas las puertas están demasiado lejos. Que si tienen suerte y pueden empezar un tratamiento, difícilmente lo puedan terminar, y que si lo hacen es casi imposible que puedan mantenerse limpios cuando al ser dados de alta vuelven a la villa. Como no consiguen trabajo, debemos inventarlo; hacer cosas que deberían poder hacer por si mismos, abrir las puertas que la sociedad fue cerrando.
Creemos que debería haber más centros así, como el Hogar de Cristo en todos los barrios. Pistas de aterrizaje desde donde los adictos puedan entusiasmarse con la recuperación y ver que es posible, puedan prepararse para un tratamiento y llegar de vuelta cuando lo terminan para organizar la vida. Centros que vayan a buscar a los pibes y no esperar a que aparezcan, porque es muchas veces nuestra ineficacia o lentitud lo que hace que descrean de las respuestas que podemos darles. Centros que reconstruyan la historia de los pibes, despedazada, hecha trizas, fragmentos de intentos, tratamientos e internaciones. Centros que le den unidad a la lucha, que hagan sentir que la misma vida es la recuperación, y que tiene sentido pelearla.
El camino de la inserción para cualquier persona pobre de nuestros barrios, es largo y trabajoso, y con sendas que se pierden en el laberinto de la burocracia. Si es así para cualquiera, cuanto más difícil para este grupo marginal que presenta un alto hándicap debido a las consecuencias del consumo de sustancias, y a la larga cadena de ausencias: alimentación, salud, vivienda, trabajo, paz, integración.
Reconocer el fracaso es la puerta de la salvación. Sin tomar conciencia del lugar exacto donde estamos parados con respecto al problema es imposible trazar caminos verdaderos. Por eso estamos convencidos que es necesario un exhaustivo examen de conciencia en todos los niveles. Los medios de comunicación, el empresariado, los organismos de gobierno, el poder judicial, las Organizaciones de la sociedad civil, los hospitales, la iglesia… nadie puede pensar “a mi no me toca” porque hacer lugar es responsabilidad de todos.
Como indicábamos en nuestro documento “La droga en la villas despenalizada de hecho”, en la villa los chicos se drogan en cualquier lado, en cualquier momento. Familias enteras se destruyen por esta causa, la muerte violenta es moneda corriente, cosa de todos los días. Madres desesperadas que ven que sus hijos se van muriendo de a poco. Que recorren defensorías, asesorías, organismos de gobierno, tratando de mantener encendida la esperanza, imaginando que un día serán escuchadas, y recibiendo en cambio la sordera de un Estado ausente, que los abandonó a su suerte. Siguen esperando ser escuchadas…
Cuando decimos “Estado ausente” queremos que se entienda bien. Hay muchos Médicos, Abogados, Trabajadores Sociales, Psicólogos, etc. que trabajan en el Estado y lo hacen de manera excelente, mucho más allá de su deber y es justo reconocer su labor. Pero al mismo tiempo, el Estado como Organismo esta ausente en el tema que hoy nos convoca. Esto no quiere decir que no se haga nada en materia de prevención y asistencia de la drogodependencia en general, sino que, lo que se hace en cuando al “desafío del paco” es tan desarticulado e insignificante como enfrentar a un elefante enfurecido con una gomera. Reconocer esto es el principio de la solución, que nadie se enoje.
Mientras tanto se discute la despenalización, que dejaría de lado la única herramienta actual que obliga al Estado a intervenir frente a tamaña inacción. Esta discusión para nosotros pertenece a las últimas páginas de un libro. Todavía en nuestros barrios no se han escrito las primeras; ya que muchos de los niños, adolescentes y jóvenes de nuestras villas no viven sino que sobreviven y muchas veces la oferta de la droga les llega antes que un ambiente dichoso y sano para jugar, llega antes que la escuela, o llega antes que un lugar para aprender un oficio y poder tener un trabajo digno. Se acortan así las posibilidades de darle un sentido positivo a la vida.
Por consiguiente más necesario que obligar al adicto a hacer tratamiento es obligar al Estado a hacerse cargo. La despenalización, las leyes, los fallos, los programas de educación y prevención, todo parece construido desde la clase acomodada. Pero para legislar, juzgar y obrar desde los pobres es necesario escucharlos, ya que desde su experiencia de la vida, que no es la que nosotros tenemos, perciben cosas que nosotros no percibimos.
Hace poco nos tocó en el Hogar de Cristo, acompañar a una mamá muy joven que no podía con su hijo, un adicto al paco que delinquía para consumir. Cuando la señora vio que el pibe hacía cosas malas, que duraría poco, que se estaba hundiendo su familia, y que sus otros hijos empezaban a imitarlo, comenzó un largo camino. Visitó defensorías, asesorías y organismos judiciales. Durante dos años trató que alguien escuchara su voz. El pibe no quería cambiar, pero en su adicción estaba arrastrando a toda la familia a la ruina. Se llevó la puerta de su casa, las ventanas, electrodomésticos, la ropa de todos. Lastimó a sus hermanos y a sus vecinos. Dos años de tragedia recorriendo lugares con la única esperanza de ser escuchada, que un juez dispusiera la internación de su hijo, aunque él no quisiera, porque ella prefería verlo internado a verlo en un cajón. Y ocurrió lo peor, al pibe lo mataron. Cuando hacíamos la misa de difuntos, ella entre lágrimas reconocía: Si me hubieran escuchado, no lo se, pero tal vez hoy no estaría muerto. Las paradojas del destino, tuvo que llevar el certificado de defunción al mismo juez que durante dos años no le prestó atención a su reclamo. Sólo Dios sabe cuantos casos así hay en nuestros barrios, nosotros damos testimonio de que son muchos. Por eso, vemos que para que nuestra legislación tenga en cuenta a los pobres, incluso para juzgar o para armar las instituciones, el primer paso indispensable es la escucha.
La escucha es apertura, lo contrario a las cerrazones dogmáticas de la ideología. Urge ponerla en práctica en este campo en que los extremos ideológicos coinciden en una falsa concepción de la libertad. Parece un sarcasmo, en los volquetes de la villa, entre la basura, hay chiquitos de diez, o tal vez menos años consumiendo paco. Hay nenas de catorce prostituyéndose, por la misma causa. Les preguntan si se quieren recuperar, los mismos que obligan a sus hijos que tienen la misma edad a ir a la escuela, al médico o al dentista. A ellos les preguntan. En nombre de la libertad, piensan que llevarlos a un hogar contra su voluntad es represión, y no entienden que la droga los hiere justamente en la libertad. Hay que vivir en la villa para escuchar su llanto, suele ser de noche, cuando llueve, cuando hace frío, cuando tienen hambre, cuando todas las dependencias del estado están cerradas. Ahí piden que se los ayude, que necesitan un hogar, recuperarse.
Hace pocos días, un pibe de nuestro Hogar de Cristo que ya intentó un montón de internaciones sin poder aguantar tres días en ninguna, estaba pensando en suicidarse. “Ya lo probé todo, y no puedo aguantar ni un poquito – decía – no me da el cuero para cambiar, lo mejor es que me vaya”. Pero se iluminó, se le ocurrió escribir una carta al juez para que por favor lo internaran en un lugar cerrado, del que no se pudiera ir. Pedía que lo medicaran si se ponía muy loco por la abstinencia. Narraba con claridad su experiencia, y entendía que necesitaba poner entre paréntesis su voluntad por un tiempo.
El que interna por internar, para sacar del medio, para que el pibe no moleste; y el que no interna cuando hace falta, ambos están lejos de entender a los pibes del paco. Sólo escuchando podremos superar las antinomias ideológicas. En esta materia están de sobra. La escucha es apertura que vence a la cerrazón. Los errores de la cerrazón se pagan demasiado caros.
Nos detenemos a pensar lo que se pierde si no vemos el problema y tomamos el toro por las astas. Pierden los adictos que terminan arrastrando una vida hecha girones que habitualmente termina antes de tiempo y de modo violento; pierden sus familias, sus padres que hasta llegan a abandonar el trabajo para cuidar la casa y lo poco que tienen para protegerlo de su adicto, los hermanitos que abandonan la escuela cuando el adicto les vendió los libros, delantal y zapatillas. Alcanza mirar el Calvario que viven a diario las Madres del Paco, y todas las madres y padres, que aunque no estén organizados, recorren a diario el vía crucis de la adicción. Pierden también los hijos de los adictos – casi todos tienen hijos – que quedan expuestos a la intemperie, que muchas veces son vendidos, olvidados, abandonados en noches de gira; pierde el barrio, víctima de violencias demenciales, de robos reiterados, de muertes. Cada tanto, pierde también el resto de la sociedad, cuando – cada vez más – lo peor de este mundo perverso sale del su encierro y toca a alguien de afuera, entonces la sangre tiñe las rotativas de los diarios y el tema ocupa primeras planas. Pierde el que vende, que termina enganchado, o sus hijos. Pierde el que compra, la vida. Pierde el que trabaja, el que no tiene nada que ver en el asunto, pierde el que está sano. Pierde el Estado que gasta los dineros públicos, debe hacerlo, pero no le encuentra la vuelta. Pierde la Patria, pierde a sus hijos, se está desangrando.
Con el paco perdemos todos, es mejor que nos ocupemos. Si la comunidad entera no asume su responsabilidad, esto va a resultar demasiado caro. Cuando decimos “comunidad entera” estamos incluyendo a los chicos y chicas en recuperación… ellos y ellas son los jugadores esenciales en este difícil partido.
Pensábamos en un paradigma, el de la lucha contra la discriminación de personas con capacidades diferentes. Aun cuando falta mucho, la sociedad avanzó bastante en la conciencia del problema, y en muchas esquinas de nuestra ciudad hay rampas para las sillas de ruedas, en los colectivos asientos, en las oficinas y dependencias baños. La comunidad indica de este modo que se adapta para hacer lugar a personas con capacidades diferentes. Cambiar para hacer lugar, es posible porque reconocemos el problema.
La lucha contra el paco debe ser causa nacional porque es la lucha contra la exclusión. Vemos que es el mejor modo de celebrar el Bicentenario.
Por último ponemos bajo la protección y el cuidado de la Virgen de Luján, Madre de nuestro Pueblo, a las familias que en nuestros barrios sufren el flagelo de la droga.
Equipo de Sacerdotes
para las Villas de emergencia
(Arzobispado de Buenos Aires)

jueves, junio 03, 2010

Sean eternos los laureles


Era el 26 de Mayo, a las 19 hs. Yo estaba en la Parroquia, de guardia, atendiendo la interminable cola de todos los días, y preparándome para la misa que debía celebrar a las 7 y media. Atendí el teléfono a las apuradas, como siempre, sin saber que era la misma Patria la que estaba llamando. Me explico. Llamaban de la Escuela de Aldo y a decir verdad me asusté un poco.
Aldo es un pibe que conocimos hace un año, vivía en la calle, estaba día y noche con el Paco. Para buscar refugio, paraba a veces en la casa del transa, y fue el mismo transa el que al verlo tan mal le decía que para recuperarse viviera a la Iglesia. Recorrió los caminos del ambulatorio, luego se desintoxicó en la granja, y ahora está viviendo en el Hogar Hermana Pilar, una casa de medio camino que tenemos en la villa para que vivan los chicos que vuelven de la granja y deben consolidar su recuperación.
Está participando del taller de imprenta, aprendiendo un oficio, y terminando la primaria. Por eso es común que algunas noches venga contento, a mostrar los “muy bien” o los “excelente” que le ponen sus maestras. Es lindo verlo, porque ya es mayor y vive la escuela con la misma intensidad que un chico. Me trae la carpeta, me muestra lo que hizo, me cuenta que lo felicitan… A veces pienso que volvió a encontrar una infancia que le había sido robada.
Esa tarde me llamaron de la escuela, y yo me asusté. Tal vez son los reflejos o la costumbre de pensar que todo tiene que salir mal. En este tema sabemos todos que no son pocas las posibilidades de fracaso. Sin embargo no era así. La directora me avisaba que Aldo estaba por ser abanderado en el acto escolar, y me invitaba a participar.
¿Cómo no iba a ir? Llamé a Facundo para que me reemplazara en la misa de la tarde y salí corriendo para la escuela. Llegué justo antes de que empezara.
A decir verdad, en el acto quedaba de manifiesto la pobreza del sistema escolar. Los docentes no podían con los recursos técnicos modernos, los discursos patrios eran pobres y poco claros. Pero algo era incontestable, en la escuela había lugar para un pibe que venía de vivir en la calle y la destrucción del Paco.
Me fui emocionado por la escuela y por Aldo. Hace poco, el día del Padre Carlos Mujica, los curas de las villas presentábamos un documento en el que decíamos que el Bicentenario nos debía agarrar trabajando por la inserción. Falta mucho, muchísimo. Pero parece que Dios quiso darnos aliento en un momento tan significativo como el Bicentenario.

sábado, mayo 22, 2010

La solidaridad en el reino de la muerte


Lucy venía regularmente al Hogar de Cristo. Era una chica linda, de unos 19 años, cuando la conocimos estaba embarazada. Nunca tuvo mucha fuerza para cambiar, a pesar de que la beba que traía en el vientre una y otra vez parecía llamarla a sentar cabeza. Venía como mecánicamente, nosotros oíamos los ecos de su llanto, pero no la escuchábamos llorar directamente. Su dolor se manifestaba lejano, como si no lo quisiera mirar a los ojos. No era frecuente, pero cada tanto se rompía el cántaro, y ahí sí, un mar de lágrimas regaba su rostro. Quienes la escuchábamos suponíamos que habíamos llegado al fondo, era el momento de hacer pie y cambiar, pero con esa velocidad eléctrica que caracteriza su vida se secaba las mejillas y sonreía, como cuando el sol asoma de nuevo después de la tormenta.
Se encariñó mucho con Juan, un sacerdote grandote que está con nosotros en la Parroquia. Lo iba a buscar a menudo como a su padre, para contarle las desventuras de sus tiempos de gira, para acusar a la suerte por la sucesión de violencias, abusos y maltraeres con que era castigada a diario. Intuyo que veía en él una figura protectora y paternal. Le traía a sus novios, Romeos de una noche, para que les diera la bendición. Y Juan se agarraba la cabeza, y trataba de hablarle. Cuidarse de las enfermedades, la beba en el vientre, sentar cabeza, madurar… Ella lo miraba atenta los cinco o diez minutos que puede durar su atención, y se iba de vuelta, como si el mundo empezara nuevamente en esa mañana.
El año pasado intentó alguna internación sin éxito. Con vih, sífilis, y hasta se agarró una pancreatitis, que pudo superar gracias a que Juan la llevó una veintena de veces al hospital, cada vez que se escapaba a causa de la abstinencia.
Transcurría el séptimo mes de embarazo. Esa noche como muchas, Lucy estaba de gira. Caminaba para acá y para allá por los pasillos más oscuros de la villa, drogándose y consiguiendo para drogarse. Y como suele ocurrir con las chicas del paco que están embarazadas, Rosi decidió nacer. Tres de la mañana, en el pasillo, en un barrio que no tiene colectivos que lleguen hasta el hospital, donde no hay taxis ni entra la ambulancia. Tres de la mañana, con las remiserías cerradas, fue la hora en que Sonia la encontró gritando de dolor.
Sonia es una compañera de consumo, que como de costumbre, esa noche también estaba de gira. Evidentemente, esa noche, en el tenebroso pasillo brillaba alguna luz especial. Sonia recordó a un cliente suyo, que tenía un remís y vivía ahí cerca.
Rosi nació en el Hospital Penna porque Sonia se hizo cargo de la parturienta y un remisero le debía favores. Pesó 1,6 kg, y sobrevivió a las giras de su madre. Sufrió abusos, palizas, hambre y cansancio; consumió porro, merca, pastillas, alcohol y mucho paco. Pero nació, y fue recibida con una profunda alegría por Lucy. Cuando llegué al hospital, la ví tan mamá. Tenía a la beba en brazos, su rostro regalaba paz, y por la ternura, la foto bien podría ser una postal navideña. Quedé muy sorprendido, el ser humano tiene unas reservas asombrosas.
De Sonia no supe nada por un tiempo largo, hasta que la volví a cruzar por los pasillos. Quise hablarle de la beba, contarle que estaba bien y que su intervención había sido fundamental. Pero Sonia no estaba para hablar. La solidaridad entre los habitantes del reino de la muerte es tan común… Poco tiempo antes, un recién nacido había sido encontrado por la mañana en uno de los volquetes de la villa. Otra embarazada que de gira había dado a luz, pero desgraciadamente no encontró el mismo socorro.

domingo, mayo 09, 2010

Sábado negro o resiliente

Por Hermanito (Gustavo Barreiro)

El 8 de mayo fue un día que empezó muy mal… Hablamos por teléfono con Piruka. que lloraba desconsoladamente porque perdía mucha sangre y en la Sardá confirmaron lo que temíamos, había perdido a su bebé de 3 meses… un niño deseado, al que con Antonio le estaban haciendo lugar.

Lya había pasado una buena noche con sus dos niñitos en casa de Bere, nos encontramos y me dijo: “Pablo dijo que vendría al Hurtado para hablar, pero yo no quiero volver con él… no quiero drogarme, no quiero que me pegue, no quiero que mis hijos sufran más”… esta en realidad era la situación a encaminar hoy, pero se presentaron muchas más.

En Caacupé estaba el Pollo: “Mi mujer me echo de su casa”. Pollo tenía un plan en Garín con su ex pareja y su hijita, ya llevaba bien dos meses y de repente esto… en el barrio que lo pudo durante 25 años (él consume desde niño), sin plan y en día sábado.

Fuimos juntos a buscar la trafic al chapista pero faltaba poner el tanque de combustible… “y bueno, nos arreglaremos con el taxi”, mientras pensaba eso llegó Quico, agitado, triste y desconcertado: “Pedro volvió a consumir, vamos a buscarlo que se va a hacer mierda”. No lo encontramos, lo acompañé a la casa donde su mamá y sus cuatro hermanitas lloraban: “escondan todo que va a venir a llevar la ropa buena para fisurarla”. El jueves lo habían echado indebidamente de una comunidad, el viernes la mamá había mendigado para juntar los quinientos pesos que le permitieran esperar el juicio en libertad y en recuperación y hoy estaba volviendo al consumo luego de 70 días limpio. Yo estaba animándolos cuando entró Pedro… “vi que me estaban buscando y me escondí… pero sentí la necesidad de cortarla y acá estoy”. “Preparen ropa para Pedro que se baña y se queda con nosotros en el Hogar de Cristo”…

En el taxi, Pedro lloraba y nos contaba la noche negra que había pasado y como casi lo matan en una pelea. En ese momento llama Charly: “Loly está en Caacupé, está muy puesta… su mamá está en terapia… ¿qué hacemos?”… “Ya la buscamos. Que venga al Hogar a compartir el dolor.”, dije yo e inmediatamente me di cuenta que esa era la clave del día: “compartir el dolor”.

Lidia nos avisó que su nietito de dos años no podía mantenerse en pie, que un extraño virus lo había atacado y estaban desesperados en el Hospital… Martín estaba desencajado, vestido con ropa nueva que le había comprado la mamá con su pensión del Moyano y el sábado por delante: “esta película ya la vi y cada vez termina peor” pensé. El Cuate estaba angustiado y con ganas de consumir. Jere estaba triste porque ayer se había frustrado su internación (lo discriminaron). Vico estaba mal porque le retrasaron el pago de la ayuda habitacional y por lo tanto no podía pagar la cuota de la casa, sabiendo que el antiguo dueño está amenazándola con desalojarla. Susana y su Mamá angustiadas por que no conseguían los remedios para su enfermedad (entre otras cosas, cáncer). Y de postre "Chapita" que sigue en calle con su embarazo de 5 meses, con todas la enfermedades posibles, que debía comer lo mejor posible y tomar el antibiótico.

Un panorama negro… muy negro. Y juntos lo fuimos enfrentado…

L.G. con su hijitas y Simón, acompañaron a la Hiena con su hijito a pasear por la Costanera para gambetear la tristeza que le produce estar separado de su mujer. Gaby llevó a pasear a Bere que de a poquito va superando la pérdida de su bebé y va haciendo el duelo, largamente reprimido, por la muerte de su padre. Luís fue con Reinaldo y Nicole a trabajar al taller textil, mientras Jonás se quedaba a cargo del pequeño Laucha y terminaban bien una semana difícil para la pareja. Finalmente Antonio y Mara fueron a ver a Piruka que salía de la sala de partos…

Con el resto hicimos un grupo largo y resiliente… es que juntos tenemos esa capacidad de compartir el barro en oro y lo muerto en vida… compartiendo el dolor lo achicamos y comunicando la alegría la agrandamos. Así nadie pierde, todos ganamos… y eso sucedió.

Poco a poco cada uno fue diciendo su dolor, y todos escuchábamos con empatía, con respeto, con cariño y con ganas de aportar algo… Julieta nos recordó esto de la resiliencia y la mamá de Susana nos contó algo que fue muy decidor para ese momento. Ella hace casi dos años cuando se enteró de su cáncer, se apartó de sus hijos para no transmitirles el dolor. Ese dolor que se tragó sola, la puso peor y a los chicos que se sintieron “abandonados” y sin la oportunidad de ayudar a su mamá, los llevó a consumir.

Hoy probamos que de las nubes más oscuras, sale el agüita más clara… lloramos mucho y esas lágrimas compartidas en el Hogar de Cristo, nos limpiaron los ojos y nos dejaron ver con claridad… nos fuimos a casa contentos, dando gracias a Dios y con ganas de dar, de ayudar, de amar como somos amados."

viernes, mayo 07, 2010

La banda de Orfeo


Llevan en el alma el tatuaje característico del clan. Se los puede reconocer a la distancia. Son la banda de Orfeo, los que regresaron del reino de la muerte.

Hace tiempo, cuando comenzamos con la granja Madre Teresa, pensamos que por las dificultades que presenta la villa, lo mejor era que los pibes se internaran en camadas. La villa no parece a simple vista un buen lugar para volver. Amigos de la infancia que siguen en la misma, el barandazo en todas partes, la joda que se desquicia, los transas, la despenalización de hecho llevada al extremo. La villa es el reino de la droga, por algo todos vienen acá.

Nos preguntábamos: ¿cómo recuperarse viviendo en este contexto? ¿Adonde volver, cuando los pibes reciben el alta de una internación? ¿Qué posibilidades reales tienen de zafar? ¿Debíamos buscar viviendas fuera de la villa a todos los pibes? En algún caso, tal vez, ¿pero a todos?

Fue así como entendimos que debíamos fortalecer a los pibes. Crear una raza de mutantes que soportaran la adversidad y pudieran seguir eligiendo la vida sana, de esfuerzo, trabajo y sin drogas. Vimos claro que el eje de nuestra intervención debía ser la libertad. Iluminar para elegir. Que los pibes descubran su propia voz, y los entramados tramposos de la adicción.

Sin embargo, debía cambiar a su alrededor el mundo. No alcanzaba con que los pibes cambiaran. El paco es la marginalidad. ¿Qué posibilidades tiene un pibe de dejar la droga si después no puede conseguir trabajo, no tiene los documentos que necesita para encarar cualquier trámite, no puede acceder al sistema de salud, o no le puede dar de comer a su hijo? Hacía falta cambiar el mundo.

El paco es un nuevo rostro de la marginalidad y no alcanza con que cambie el pibe: debemos cambiar el mundo, hacerles lugar donde no lo hay. Fue así que en el Hogar de Cristo, con mucha dificultad pusimos manos a la obra. Debimos solucionar temas de vivienda, de documentación, inventar trabajos, posibilitar estudios. Pero nos quedaba algo grande, importante. ¿Cómo cambiar los vínculos? ¿Con quién se iban a relacionar los pibes que dejaban el consumo, si todo su universo seguía igual?

Entendimos que lo mejor era que los pibes se internaran en camadas, que empezaran juntos y terminaran juntos. Que aunque no todos tuvieran los mismos tiempos, había una gran riqueza en el grupo. Que el tiempo y la lucha terminaban por hacer hermanos a quienes los compartían, y que al volver a la villa eran un grupo de referencia nuevo, que estaba peleando la misma y tirando para el mismo lado.

Sembramos simplemente eso, pero cosechamos mucho más. A medida que fueron volviendo las camadas, se fue gestando una amistad linda entre los grupos y hoy estamos asistiendo al nacimiento de una nueva comunidad, los que volvieron de la muerte. Salen juntos, se acompañan, se apoyan, se dan aliento. Chicos y chicas que estuvieron tirados en los volquetes, que no eran más que el descarte de una sociedad amarreta, y que hoy son una luz brillante en medio de tanta noche.

- Padre, yo vi como estaba ese Catriel… Si el pudo yo tengo que poder – me decía un chiquito asombrado mientras le convidaba un mate cocido.

Narran los mitos que Orfeo era un músico que descendió al reino de la muerte y volvió, y al volver su canto expresaba lo más profundo de la condición humana. Canta el folklore de infinidad de casos en que los músicos descendían a la salamanca para volver cantando un canto sin igual. Cuenta la villa de una nueva raza, una raza de mutantes que descendió a los infiernos más oscuros del despojo humano, y al hallar la salida del laberinto regresó cantando. Llevan en el alma el tatuaje característico del clan. Se los puede reconocer a la distancia. Son la banda de Orfeo, los que regresaron del reino de la muerte y cuyo canto no hace más que transmitir la vida.

lunes, abril 19, 2010

TBC


Bajo la angustia


Dijo anoche, su canto de muerte
la canción de la tos en tu pecho,
y, al mojarse en las notas rojizas,
mostró flores de sangre el pañuelo.

-¡Pobrecitas las carnes pacientes,
consumidas por fiebres de fuego;
para ellas las buenas, las tristes,
tiene un blanco sudario el invierno!

...Mira: abrígate bien, hermanita,
mira, abrígate bien, yo no quiero
ver que cierre tus ojos la Bruja
de los flacos y frígidos dedos...

Evaristo Carriego, Misas Herejes, 1908


Tuberculosis: una enfermedad que se consideraba superada por la historia en nuestro país, que ha vuelto con fuerza de la mano de la extrema pobreza, y que está haciendo explosión en su combinación con el paco.

Es común que en las paquerías las chicas se prostituyan, es común que entre los adictos al paco la vida se torne demasiado promiscua. Las enfermedades de transmisión sexual y la tuberculosis se transmiten con fuerza.

Melina es una chica de la villa de 36 años, adicta al paco desde hace varios. Hace unos meses la encontramos tirada en el volquete, inconsciente, demasiado flaca, medio muerta. La llevamos al hospital Muñiz, donde fue internada con diagnóstico de tuberculosis. Durante dos meses estuvo allí, en el Hospital, recuperándose. Pero al cabo de un tiempo, cuando hubo recobrado fuerzas, la abstinencia la empezó a atacar. Melina se escapó del Hospital y volvió a la villa.

Esa mañana yo estaba de guardia en la Parroquia (sino ando por los pasillos, o en la granja) cuando la mamá vino a buscarme. Estaba hecha un grito.

- ¡Padre Charly, Melina se vino del Muñiz, ya se está drogando de nuevo. Yo no se qué voy a hacer!

La encontramos pasando el mediodía, no es fácil encontrar a un pibe cuando se está drogando. Le dimos de comer, la hicimos bañar y cambiar de ropa, esperamos que se le pasara un poco el efecto de la droga y nos fuimos de nuevo para el Hospital. Allí quedó internada por segunda vez.

A los pocos días se volvió a fugar. Melina se escapó cinco veces más, y otras tantas fue reinternada. Pero luego de su última partida, el médico tomó la decisión de no volver a internarla, y al llegar al Hospital con su madre, debió regresar a la villa. Mirta, su madre llegó alarmada a la Parroquia, su hija estaba enferma gravemente, de la droga y de los pulmones, pero ahora no la querían recibir más.

Llegué al medio día a la Parroquia y me encontré con el problema. Ahí nomás salimos para el Hospital. Iba dispuesto a pelearme con el médico.

Al llegar me encontré un escenario durísimo. Era invierno, y la gripe A estaba en su momento más encarnizado (aunque en la villa casi ni la vimos). La sala de guardia era una trinchera de las más expuestas en la guerra contra la pandemia. El médico de guardia estaba sobrepasado por la situación. Lo entendí rápidamente. De todos modos, había que volver a internar a Melina, y nada garantizaba que no se volviera a escapar.

El doctor se negaba sistemáticamente:

- No valora el tratamiento – decía una y otra vez con la mirada perdida y moviendo a los lados la cabeza. El panorama era claro, estaba desbordado por la situación, no llegaba a ocuparse de todos los que debía, y Melina no mostraba interés en curarse.

- Pero Doctor, mire que esta chica es adicta al paco, y se está prostituyendo en las pasillos. Si no la recibe, en un mes no va a ser una sino varios…

La cara del médico pareció darme la razón por un instante, pero el desborde de la sala de guardia capturó nuevamente su atención. Se me había escapado, y cuando quise contraatacar, ya no pude sensibilizarlo.

Llamé a un amigo que está trabajando en el Hospital, y de inmediato me puso en contacto con la dirección. Me recibieron bien, entendieron claramente el problema, y a los pocos minutos estaba hablando con el que lleva los asuntos legales en el Hospital.

Llamó al médico y le dijo que había que volver a internarla, y nos pusimos a prevenir las fugas venideras. Como el Hospital no tenia personal como para cuidar que no se escape, le terminaron aplicando un chaleco químico, la tuvieron un poco sedada mientras el tratamiento avanzaba y dejaba de contagiar. Después era otra cosa, me comprometí a acercarle los medicamentos todos los días para que los tomara.

Melina mejoraba con el paso del tiempo. Cuando dio el primer negativo (ya no contagiaba), el médico me mandó llamar. En cualquier situación similar correspondía el alta, pero él sabía que ella abandonaría nuevamente el tratamiento de no estar debidamente acompañada. No quería dejarla ir así nomás. Lo mejor era encontrarle un lugar de internación – me mandó decir con buen tino.

A los dos o tres días pude disponer del tiempo para ir al Hospital, pero al médico no lo encontré. Hablé con ella, se la veía muy mejorada, y tuvimos una charla de lo más linda. Hablamos de sus hijos, del barrio, de todo lo que la había peleado, y de que quería internarse. Y me fui contento, dispuesto a llamar a unos amigos que reciben a los adictos sin dar muchas vueltas.

Al día siguiente me enteré que Melina se había escapado nuevamente del Hospital. Mirta seguramente iluminada por Dios, no quiso recibirla en su casa. Los meses de la internación le habían bastado para organizar la vida de sus 7 nietitos, y no podía permitir que Melina le robara todo nuevamente y no tuviera para darles de comer y vestirlos.

Melina que durante años había vivido en la calle como consecuencia del consumo, llegó llorando a la Parroquia.

- Charly, intérname, que la turra de mamá me dejó en la calle –

Dispuse todas las cosas, desorganicé lo que tenía planeado para esa tarde y nos fuimos a internarla. Estuvo allí varios meses. No terminó el tratamiento por su adicción, volvió mucho mejor. Hace un tiempo que no la veo, pero estoy convencido que su pelea contra la droga es para largo.

El problema de la tuberculosis y el paco es grave, y se va a poner más grave. La historia de Melina se repite casi a diario, aunque no siempre pueda resolverse satisfactoriamente. El paco nos tomó por sorpresa a todos, y es uno de los rostros más crueles de la marginalidad. No lo vamos a poder solucionar solo con centros de recuperación, la sociedad con todas sus instituciones debe hacer lugar a esta problemática.

El Muñiz es una trinchera, que permite vislumbrar algunas aristas del problema. El tema es grave, no se arregla solo con centros de recuperación. Por ahora, veo que lo que hace falta, es gente que consagre su vida a entender la nueva situación y a buscar caminos de salida.


sábado, abril 10, 2010

Ese lejano, lejano Estado

Supongamos que Usted debiera caminar cientos de kilómetros a través de un desierto de vientos y arena, soportando largas jornadas de calor sin ningún reparo para el sol. Cientos de kilómetros para llegar al puerto desde donde comienza el largo y tortuoso viaje que desea emprender. Supongamos también que Usted sabe que de los pocos que llegaron al puerto y comenzaron el viaje, solo un mínimo porcentaje ha alcanzado el destino, y el enorme resto ha fracasado. Supongamos ahora que aquellos que fracasaron le comentan a Usted todos los infortunios que tiene el viaje, las dificultades. Es probable, que el miedo, la cobardía, o la comodidad suelten la semilla en su corazón, en Usted que sentía la necesidad de viajar.

Es el lento viaje de la desesperanza, que de a poco va congelando el corazón de los pibes, contagiando de a uno, hasta poner de rodillas a un barrio entero. Del paco no sale nadie, está escrito con sangre en los pasillos.

Así se siente en la villa la lucha contra la droga. Los tratamientos de recuperación son largos, difíciles y muy pocos pueden atravesarlos. Es más, de esos pocos que llegan a ser dados de alta en las comunidades, a muchos se los traga nuevamente la villa. En este barrio se puede consumir en cualquier lado, los amigos de la infancia siguen en la misma, las condiciones para la recuperación son poco favorables.

¿Pero sabe Usted como debe hacer un adicto para poder acceder a un tratamiento? Debe acercarse sobrio a tres o cuatro entrevistas programadas en el microcentro porteño. Cuando asiste a la primera se la da un nuevo turno para unos cuantos días después. Entonces se acuerda la tercera reunión, del mismo modo que en la anterior. El método busca a través de esta mínima exigencia, que el adicto logre demostrar el verdadero interés por su recuperación.

Sin embargo, el paco instaló nuevas costumbres en el consumo. Es tan demandante que los adictos que ya llevan un tiempo, se pasan varios días sin comer ni dormir, sólo drogándose. Se van “de gira”, le dicen. El otro día una chica me comentaba el sufrimiento de su gira, salió de su casa por diez minutos, para fumarse un paco y volver. Pero se quedó enganchada. Había dejado a su bebé solo en casa, y durante cinco días, se la paso consumiendo (y prostituyéndose para seguir consumiendo), siempre pensando que debía volver a casa, y sin la fuerza para hacerlo.

“Lloraba, pensaba en mi hijo, pero no podía descolgar” – me decía.

Con estos hábitos de consumo, ¿cómo se puede ser fiel a un plan de entrevistas tan pautado? Sin reloj, sin agenda, en algunos casos sin saber viajar en colectivo. El paco es una realidad nueva, es necesario entender que nos está exigiendo replantear nuestras instituciones.

El tratamiento es difícil, pero alcanzarlo también. Si no hay alguien que pelee la beca para el tratamiento en su nombre, es casi imposible conseguirla. Esta situación no hace más que instalar la desesperanza, los pibes piensan que no se puede, bajan los brazos y se rinden. Como barriletes en el viento cuando cortaron la soga, así andan a merced de esa fuerza poderosa de la adicción. Grillos y cadenas, esclavitud, y sobre todo sufrimiento. Un proceso que avanza, una fiebre que va tomando toda la vida. Cada vez más humillación, tocando fondos más bajos. No vislumbran otra redención más que la muerte, y la buscan o la esperan.

- O me mata el transa, o me mata el paco. Padre, se me acabó la soga – me decía uno deseando una liberación, que le ahorre seguir atravesando infiernos.

En el Hogar de Cristo no nos conformamos con este paisaje. Uno de nuestros objetivos principales es devolver la esperanza. La esperanza es sentir en el corazón que es posible otra vida, y si es posible, vale la pena luchar.

- Porqué venís – le preguntó Gustavo a uno de Zavaleta que se presentaba a si mismo como un perdido.

- Porque me dijeron que Ustedes defienden los derechos de los adictos.

Tratamos de ayudar a los pibes a seguir peleando, y tratamos de ayudar al Estado a ocupar el lugar que le corresponde, haciéndose cargo de los pibes. Conectar a los pibes con un Estado que en las villas está casi ausente. Estamos en la brecha, y gracias a Dios, es lo que podemos hacer.

lunes, abril 05, 2010

¿Villancicos en las Pascuas?

En estos días andaba con ganas de escribir algunas letras por Pascuas. Deseaba cantar sobre resurrecciones, vencer por un ratito la inercia del morbo, iluminar las sombras que las lentes de sol proyectan sobre el alma. Sin embargo, por más que me esforzaba, solo salían villancicos. Verán, trataré de explicarme.

Un acontecimiento de este fin de semana en clara rebelión contra el calendario me hablaba de la Navidad, aunque el almanaque indicara que ya habíamos llegado a la Semana Santa.

El protagonista fue “la Hiena”, un joven que por su pasado violento se había ganado el temerario mote del ahora reniega, para indicar que ya no es el mismo, que está cambiando. Él estuvo en la granja hasta hace poco tiempo, terminó y volvió a su casa. Comenzó a estudiar el oficio gráfico en la escuela de oficios de la Parroquia, y a trabajar en los emprendimientos que armamos para los que vuelven de la internación. Tiene a su mujer y a su hijo de dos años que lo estaban esperando. Sin embargo, nunca es fácil volver. Ambos se conocieron estando él en consumo, y plantearon un estilo de relación muy particular. Me da la impresión que al regresar, ella ya no lo reconocía, era como que si estuviera esperando a otro, a la Hiena. Ella es muy buena y lo quiere mucho, sin embargo la crisis era inevitable.

Ocurrió el sábado por la noche, serían aproximadamente las once y media, y aunque a causa de la semana santa había mucha menos, la fiebre del festejo ya desplegaba sus banderas. Los sábados por la noche, la villa entera se viste de fiesta. Bafles, música, gente bailando en los pasillos, amigos riendo… Me llegó un mensaje:

- Padre, me puede llamar? – cosa que hice al instante. Lo encontré llorando, habían discutido fuerte y estaba en la calle.

– Venite ya para la parroquia, que charlamos y te quedas acá – sábado a la noche con una tristeza profunda y los nervios de una pelea es un combo fatal para cualquier adicto. Desde entonces está parando en uno de nuestros hogares, venció a la tentación y en estos días lo estaremos ayudando en su situación familiar.

Por mi parte, me quedé pensando en el inmenso beneficio que es para nosotros el hecho de vivir en la villa. La cercanía que nos da la posibilidad de estar en el momento indicado y responder a tiempo. Estar metidos en la historia de los pibes, accesibles en cualquier horario. Es una de las claves de nuestra misión, y pienso que es un reflejo de la Encarnación. La Navidad consiste en que Dios se hace hombre, se mete en nuestra historia. No se trata de un dato teórico, a través de los más diversos acontecimientos se hace presente en nuestra vida para salvarnos. El Hogar de Cristo es muchas veces la presencia salvadora de Dios en la vida destruida de los pibes.

Quise hablar de la Pascua, me sale de Navidad, aunque ahora que lo pienso, tiene mucho de Resurrección.

domingo, marzo 28, 2010

Nicole y Jonás

Imagínese la tragedia. Al menos por un instante présteme su imaginación y póngase en el lugar de los padres de Nicole. Una ampolla de angustia estalló en su corazón en el mismísimo instante en que se enteraron de su noviazgo con Jonás. Esa nena a la que habían criado con tanto cariño, la luz de los ojos de papá, que habían visto florecer un año antes, cuando cumplió los quince, esa nena tan frágil, tan chiquita, esa… se había puesto de novia con un drogadicto, con un adicto al paco, y de la villa.

¿Lo ve? ¿Puede captar la impotencia que sintieron? ¿El dolor terrible frente a un mundo, el que habían soñado, que se desmoronaba? Pero esto no es todo, imagínese ahora cómo se sintieron cuando se enteraron de que había quedado embarazada.


Hoy le quiero contar una historia real, tan solo me tomé la licencia de cambiar los nombres en cuestión.


Jonás era un pibe chorro, poca contención familiar y mucho pasillo. Solía “salir de caño” (a robar con armas de fuego) y aunque no jugara en primera soñaba con grandes hechos delictivos. No tenía más perspectiva de vida que lo que usted puede escuchar en un tema de “Damas Gratis”. Alguna vez, por un susto, se había acercado al Hogar de Cristo, donde lo recibimos bien y lo invitamos a cambiar de vida. En aquella ocasión recuerdo que contó que estaba contento por su noviazgo, con una chica que no era de la villa. Aún no le había llegado el momento de cambiar.


Jonás estaba preocupado porque no podía controlar su adicción al paco. Es demasiado fuerte – decía – y otra vez se sumergía en el terror de su laberinto. Nicole se iba a la villa a buscarlo, recorría calles y pasillos tratando de encontrarlo. Los pibes ya la conocían y a menudo la ayudaban.


El embarazo de Nicole resultó como una Anunciación moderna, anunciaba un parto, un dolor, una responsabilidad, pero había olor a salvación.


Nicole lloraba, Jonás se quedó helado al recibir la noticia. Le prometió, le juró, le perjuró que iba a cambiar, que iba a hacerse cargo y a ser un buen papá. Jonás no tiene papá, tal vez por eso no podía permitir que a su hijo le pasara lo mismo. Y se acercó de nuevo al Hogar de Cristo, ahora sí con una firme decisión de recuperarse.


Transitó el camino del centro de día y le llegó la hora de pasar a la granja a desintoxicarse. Durante todo ese tiempo, al llegar los domingos ella soportaba embarazada las dos, tres horas de viaje para ir a apoyarlo. Le llevaba alguna cosita que con sus propias manos había cocinado, y él los esperaba ansioso, a los dos, a Nicole y a su hijo, que desde que se enteró que iba a ser varón ya soñaba con la camiseta de Boca.


La familia de Nicole la acompañó siempre, atravesando los miedos y soledades que la pequeña enfrentaba como tempestades. Y Jonás se aferraba a la recuperación, soñando una vida distinta, de familia y de trabajo, como lo que hasta ese momento le había sido negado. Ella hubiera lo querido a su lado, pero gracias a Dios, puedo entender que los tiempos debían ser distintos a lo que le marcaba el corazón.


Jonás egresó de la granja, unas semanas antes del parto. El equipo del Hogar de Cristo se movilizó rápido para solucionar los temas de vivienda y trabajo, encontrando una piecita en la villa que con un poco de ayuda al principio, podrían alquilar. Un voluntario encontró un trabajito que podría servir a Jonás para empezar, algo sencillo en una fábrica familiar, amigos que entendían la situación.


Jonás respondió y lo hizo como todo un padre, pues sabe que de su trabajo depende su hijo. Ganó espacio en la fábrica, pudiendo demostrar capacidad y seriedad, razón por la cual le fueron dando confianza y responsabilidades.


El domingo pasado, tuve la gracia de poder asistir al primer cumpleaños del bebé. Jonás y Nicole lo organizaron en un pelotero que alquilaron para celebrarlo.


- Es un derroche - me decía uno que no tiene idea de lo que estabamos celebrando.


Estaban tan contentos… Cuando volvíamos a la villa, ya de noche, y sin otra luz que la que ofrecían los autos de la oscura calle Osvaldo Cruz, ella me contó todas las privaciones que sufrieron los últimos meses para poder festejar el cumpleaños. Mientras tanto, en silencio, yo aprovechaba las sombras para esconder la emoción.

domingo, marzo 21, 2010

La Exclusión

El mundo tiene muy poco lugar para los pibes. Salud, educación, trabajo, vivienda y paz son bienes escasos, inalcanzables en muchos casos.
Son muy pocos los chicos de la villa que pueden terminar el colegio. Casi no hay jardines de infantes, y por cada pibe que no va al jardín una mamá no puede ir a trabajar. Vacantes en primaria hay más, pero aun así sigue habiendo chicos que no consiguen lugar. Dicho de otro modo, hay mas chicos que vacantes.
En muchos casos es la misma pobreza quien determina la deserción escolar. Chicos que no tienen zapatillas, delantal o ropa adecuada; padres que deben trabajar demasiado o con cama y no pueden sentarse con sus hijos a estudiar una materia que no les sale. Los chicos repiten una, dos, tres veces, y al final terminan abandonando. Historias repetidas hasta el hartazgo en nuestros barrios.
La secundaria que es para pocos, la universidad para casi ninguno.
La villa es conocida a través de prejuicios generados muchas veces por el miedo, y en esto es determinante la colaboración del periodismo amarillo. Con el nombre de “Periodismo comprometido” vemos audaces camarógrafos que llevan sus lentes al corazón mismo de la carroña, presentando como única realidad villera la delincuencia. Exacerbando el morbo popular agrandan la brecha.
¿Sabrán cuales son las consecuencias de su “compromiso”? ¿Sabrán que la mayor parte de los pibes usan visera, y que este dato nada dice sobre su condición moral? ¿Sabrán que después de cada programa de esos, a los pibes les cuesta más conseguir trabajo? Las consecuencias de este tipo de periodismo irresponsable son graves, porque para muchos es el único conocimiento acerca de la realidad de la villa. Alimentar los prejuicios es peligroso, en este caso porque fragmenta aun más la sociedad.
Es importante que cada actor de a sociedad se ponga a pensar su parte. La droga no es solo una cuestión de transas y narcos. Toda la sociedad tiene parte en la medida en que es indiferente a la marginalidad. Y de más está aclarar, no se soluciona con centros de recuperación. La Iglesia, la escuela, el hospital, el comunicador, los distintos estamentos del Estado; a todos nos toca de cerca la responsabilidad, y tengo la impresión que si no nos hacemos cargo, esto nos va a salir demasiado caro, fundamentalmente porque se paga con sangre.
Con problemas que se arrastran, que atraviesan generaciones. Con padres o madres adictos, desempleados, que lograron sobrevivir gracias a planes sociales y subsidios, con violencias, abusos, e incluso esa desnutrición temprana que mutiló sus capacidades. Familias enteras que se acostumbraron a tener el agua al cuello, a sobrevivir a los terremotos y vaivenes de nuestro país. Con tal panorama de vida la adicción florece rápido. Quien no tiene horizontes, y el estudio tiene mucho que ver con la construcción de un proyecto de vida; quien intuye – nadie se lo dijo explícitamente – que no podrá trabajar como los otros; quien está marcado por el estigma de la villa, ¿qué razones tiene para pelear? ¿Para qué librar la dura batalla contra la droga si después no parece haber nada? Nadie sale del medio del mar para morirse en la orilla, no lucha contra el paco quien no tiene un para qué vivir.
Por eso en el Hogar de Cristo, buscamos despertar la conciencia. Es entendible que se adormezca frente a tanto dolor. El voluntariado es un camino concreto, hoy son muchos los que están ayudando, pero sin dudas, la mejor ayuda es la de cada uno en el lugar de responsabilidad que le toca.

lunes, marzo 15, 2010

EL PACO Y LA MARGINALIDAD

"Si desea investigar esta enfermedad, tendrás todos los gobiernos en contra. A veces pienso que más vale ocuparse de crustáceos y batracios que no despiertan la alarma de nadie"
Carta del Dr. Chagas al Dr. Mazza, 1928.

La dificultad para realizar una política social que ayude a la política sanitaria, hizo que el Mal de Chagas fuera una enfermedad polémica. El célebre médico intuyó que la enfermedad era un verdadero testimonio de la miseria y de la pobreza, y que por cada caso que se detectaba del mal había detrás una familia viviendo bajo la línea de supervivencia. El mal de Chagas era una ventana que mostraba a todos la miseria del interior profundo de nuestro país.
Cuando hablamos de la adicción al paco, estamos hablando de un fenómeno de similar naturaleza. No se trata exclusivamente de los efectos que pueda realizar una sustancia determinada en aquellos que la consumen, sino más bien del mundo marginal que esta sustancia hace estallar. Si el Mal de Chagas pone de manifiesto la pobreza del interior de nuestro país; entonces el paco exhibe la miseria de las grandes periferias urbanas. El paco es la marginalidad, la exclusión.
Las clases media y alta no conocen el paco, no lo pueden conocer. Podrán consumir la misma sustancia, compuesta exactamente del mismo modo, podrán comprarla e incluso consumirla en el mismo lugar, pero esa sustancia no será paco. El paco es paco cuando no hay horizontes, cuando no hay acceso al sistema de salud, cuando no hay posibilidades de estudiar o de trabajar dignamente, cuando todas las puertas que se pueden golpear están demasiado lejos. El paco es paco cuando el llanto que genera se pierde en la noche sin haber sido escuchado. Solo entonces el paco muestra los dientes, solo entonces descubre su rostro más terrible. Solo entonces despliega su poderosa máquina de matar.
Para entender el paco es necesario mirar la marginalidad a los ojos.

martes, marzo 09, 2010

La historia de Pandor

Es común entre poetas recordar que la vida se parece al recorrido del sol, que en el amanecer ofrece una imagen tierna, de singular belleza; al mediodía es intensa, capaz de secar y quemar; y al atardecer frágil, cansina, dulce, silenciosa, aunque con ecos de eternidad.
No fue la excepción de Pandor, aunque lamentablemente la vida le tocara nublada. Una llovizna de plomizo gris, pesada y persistente, cubrió los pasillos tenebrosos de su adicción al paco. A menudo, se lo solía ver con el rostro desencajado y las ojeras características de los muertos vivos. Corriendo solo de un lado a otro, tratando de encontrar ese peso que le permitiera continuar de gira. Cargaba cosas, iba y venía, y en cada encuentro se lo veía más desnudo, más flaco, más triste.
Pero se ve que Dios quiso ofrecerle un final distinto, un atardecer luminoso, de esos que invitan a esperar un nuevo día. Pandor se acercó al Hogar de Cristo el 2 de Octubre de 2008. En su familia dicen que nunca lo habían visto tan contento. Sus ojos, de repente se llenaron de luz, como el reflejo de otro sol, el sol invisible de los que aprendieron la esperanza.
El frío del plomo interrumpió su recuperación, a tan sólo una semana de haberla empezado. Cinco balas calibre 9mm le recordaron el pasado turbio, que el brillo de sus ojos parecía haber dejado atrás.
Pandor murió crucificado en el mismo pasillo que lo venía viendo morir desde hacía años. Pero se fue distinto, tal vez como el buen ladrón. Detrás de sus párpados caídos, unos ojos de niño miraban hacia adentro, contemplando con gozo el nuevo nacimiento. Se fue distinto, por primera vez en su vida se sintió realmente vivo.

sábado, marzo 06, 2010

Sinpaco, la experiencia de nuestro caminar en la 21

Los que vivimos en las villas de la ciudad estamos convencidos que el problema del paco no es un problema más. Son tantas las familias que se hunden, tantos los pibes que mueren, tanta la violencia que trae la droga, que a veces tenemos la percepción que el mismísimo infierno ha emergido de las profundidades de la tierra. No se trata de un problema más, sino del problema más grave, el que genera más conflicto, el que trae más dolor.

El mundo de la recuperación, por su parte, no está a la altura de las circunstancias. Vemos con dolor cómo los chicos y chicas de nuestros barrios fracasan una y otra vez en sus intentos por recuperarse. A menudo los vemos partir humillados hacia las comunidades de internación, dispuestos a aceptar todo lo que les pueda sobrevenir. Es que la droga los puso de rodillas, han hecho tanto mal como consecuencia del consumo que ya no quieren vivir esa vida ni un segundo más. Y se van rendidos, sabiendo que en las internaciones la vida es difícil y algo artificial, pero que necesitan aceptarlo si es que quieren cambiar. Y tantas veces vuelven con cara de derrota, masticando un fracaso, y musitando entre dientes que no vuelven para drogarse, que esta vez sí la van a hacer bien, que ya no les queda tiempo para perder.

El mundo de los pibes sangra. Es una herida abierta, en carne viva. Una llaga que no para de supurar.

Incluso aquellos menos, los más fuertes, los que pueden terminar el tratamiento, luego de dos o tres años internados, al ser dados de alta vuelven a la villa con la frente alta, dispuestos a seguir todas las recomendaciones que les dieran sus terapeutas, a lucharla, a seguir en el ambulatorio… Ellos a veces ingenuos, que pretenden seguir el mapa de ruta de otros barrios de la ciudad, olvidaron que en la villa como en un pueblo de provincia las relaciones humanas se dan entre vecinos, y que sus amigos de la infancia, los pibes de la cuadra, siguen consumiendo en la puerta de su casa. A ellos también los vemos fracasar, esos que en las estadísticas levantan la autoestima de las comunidades, van pasando los meses y la ciénaga se los va tragando, de a poco, hasta que la herida llega a ser fatal.

– “Sacarlos de la villa”, “nunca deben volver” – se levantan las voces que suponen que el día en que dejen la villa, nuestros pibes tendrán la posibilidad de conseguir una vivienda y un trabajo digno. En algún caso, tal vez, pagando el precio que significa dejar la familia, las raíces, y la contención de un barrio que a pesar de todo es humano y cariñoso. No cualquiera puede dejar la villa, eso no es para todos porque significa resignar un riquísimo mundo de relaciones humanas que difícilmente se reproduce en otros lugares de la ciudad, no cualquiera resiste dejar la villa. Para el que no conoce el problema es la villa, nosotros preferimos llamarlo exclusión.

En la Parroquia de Caacupé no queremos resignarnos a esta situación. No podemos quedarnos de brazos cruzados con semejante problema por delante. Hace tiempo, comenzamos un trabajo muy fuerte de prevención, queríamos llegar a los pibes antes que las propuestas de la droga, la violencia y la delincuencia. Implementamos un programa de liderazgo positivo, abrimos comedores, hogares, escuelas, talleres de apoyo escolar, y adaptamos la catequesis moral a las exigencias de nuestro barrio. Pero vimos necesario encarar también la recuperación. Y frente al fracaso constante de las estrategias existentes quisimos hacer camino nuevo que fuera al encuentro de los chicos y chicas que están peor. Tratamos de hacer un camino adaptado a las necesidades particulares de los villeros. Y en este camino encontramos aciertos y dificultades. Queremos aquí retratarlas, con la convicción profunda de que serán luz para otros, y que serán mejoradas y entonces volverán a nosotros enriquecidas para iluminar los pasos que vendrán.