domingo, marzo 28, 2010

Nicole y Jonás

Imagínese la tragedia. Al menos por un instante présteme su imaginación y póngase en el lugar de los padres de Nicole. Una ampolla de angustia estalló en su corazón en el mismísimo instante en que se enteraron de su noviazgo con Jonás. Esa nena a la que habían criado con tanto cariño, la luz de los ojos de papá, que habían visto florecer un año antes, cuando cumplió los quince, esa nena tan frágil, tan chiquita, esa… se había puesto de novia con un drogadicto, con un adicto al paco, y de la villa.

¿Lo ve? ¿Puede captar la impotencia que sintieron? ¿El dolor terrible frente a un mundo, el que habían soñado, que se desmoronaba? Pero esto no es todo, imagínese ahora cómo se sintieron cuando se enteraron de que había quedado embarazada.


Hoy le quiero contar una historia real, tan solo me tomé la licencia de cambiar los nombres en cuestión.


Jonás era un pibe chorro, poca contención familiar y mucho pasillo. Solía “salir de caño” (a robar con armas de fuego) y aunque no jugara en primera soñaba con grandes hechos delictivos. No tenía más perspectiva de vida que lo que usted puede escuchar en un tema de “Damas Gratis”. Alguna vez, por un susto, se había acercado al Hogar de Cristo, donde lo recibimos bien y lo invitamos a cambiar de vida. En aquella ocasión recuerdo que contó que estaba contento por su noviazgo, con una chica que no era de la villa. Aún no le había llegado el momento de cambiar.


Jonás estaba preocupado porque no podía controlar su adicción al paco. Es demasiado fuerte – decía – y otra vez se sumergía en el terror de su laberinto. Nicole se iba a la villa a buscarlo, recorría calles y pasillos tratando de encontrarlo. Los pibes ya la conocían y a menudo la ayudaban.


El embarazo de Nicole resultó como una Anunciación moderna, anunciaba un parto, un dolor, una responsabilidad, pero había olor a salvación.


Nicole lloraba, Jonás se quedó helado al recibir la noticia. Le prometió, le juró, le perjuró que iba a cambiar, que iba a hacerse cargo y a ser un buen papá. Jonás no tiene papá, tal vez por eso no podía permitir que a su hijo le pasara lo mismo. Y se acercó de nuevo al Hogar de Cristo, ahora sí con una firme decisión de recuperarse.


Transitó el camino del centro de día y le llegó la hora de pasar a la granja a desintoxicarse. Durante todo ese tiempo, al llegar los domingos ella soportaba embarazada las dos, tres horas de viaje para ir a apoyarlo. Le llevaba alguna cosita que con sus propias manos había cocinado, y él los esperaba ansioso, a los dos, a Nicole y a su hijo, que desde que se enteró que iba a ser varón ya soñaba con la camiseta de Boca.


La familia de Nicole la acompañó siempre, atravesando los miedos y soledades que la pequeña enfrentaba como tempestades. Y Jonás se aferraba a la recuperación, soñando una vida distinta, de familia y de trabajo, como lo que hasta ese momento le había sido negado. Ella hubiera lo querido a su lado, pero gracias a Dios, puedo entender que los tiempos debían ser distintos a lo que le marcaba el corazón.


Jonás egresó de la granja, unas semanas antes del parto. El equipo del Hogar de Cristo se movilizó rápido para solucionar los temas de vivienda y trabajo, encontrando una piecita en la villa que con un poco de ayuda al principio, podrían alquilar. Un voluntario encontró un trabajito que podría servir a Jonás para empezar, algo sencillo en una fábrica familiar, amigos que entendían la situación.


Jonás respondió y lo hizo como todo un padre, pues sabe que de su trabajo depende su hijo. Ganó espacio en la fábrica, pudiendo demostrar capacidad y seriedad, razón por la cual le fueron dando confianza y responsabilidades.


El domingo pasado, tuve la gracia de poder asistir al primer cumpleaños del bebé. Jonás y Nicole lo organizaron en un pelotero que alquilaron para celebrarlo.


- Es un derroche - me decía uno que no tiene idea de lo que estabamos celebrando.


Estaban tan contentos… Cuando volvíamos a la villa, ya de noche, y sin otra luz que la que ofrecían los autos de la oscura calle Osvaldo Cruz, ella me contó todas las privaciones que sufrieron los últimos meses para poder festejar el cumpleaños. Mientras tanto, en silencio, yo aprovechaba las sombras para esconder la emoción.

domingo, marzo 21, 2010

La Exclusión

El mundo tiene muy poco lugar para los pibes. Salud, educación, trabajo, vivienda y paz son bienes escasos, inalcanzables en muchos casos.
Son muy pocos los chicos de la villa que pueden terminar el colegio. Casi no hay jardines de infantes, y por cada pibe que no va al jardín una mamá no puede ir a trabajar. Vacantes en primaria hay más, pero aun así sigue habiendo chicos que no consiguen lugar. Dicho de otro modo, hay mas chicos que vacantes.
En muchos casos es la misma pobreza quien determina la deserción escolar. Chicos que no tienen zapatillas, delantal o ropa adecuada; padres que deben trabajar demasiado o con cama y no pueden sentarse con sus hijos a estudiar una materia que no les sale. Los chicos repiten una, dos, tres veces, y al final terminan abandonando. Historias repetidas hasta el hartazgo en nuestros barrios.
La secundaria que es para pocos, la universidad para casi ninguno.
La villa es conocida a través de prejuicios generados muchas veces por el miedo, y en esto es determinante la colaboración del periodismo amarillo. Con el nombre de “Periodismo comprometido” vemos audaces camarógrafos que llevan sus lentes al corazón mismo de la carroña, presentando como única realidad villera la delincuencia. Exacerbando el morbo popular agrandan la brecha.
¿Sabrán cuales son las consecuencias de su “compromiso”? ¿Sabrán que la mayor parte de los pibes usan visera, y que este dato nada dice sobre su condición moral? ¿Sabrán que después de cada programa de esos, a los pibes les cuesta más conseguir trabajo? Las consecuencias de este tipo de periodismo irresponsable son graves, porque para muchos es el único conocimiento acerca de la realidad de la villa. Alimentar los prejuicios es peligroso, en este caso porque fragmenta aun más la sociedad.
Es importante que cada actor de a sociedad se ponga a pensar su parte. La droga no es solo una cuestión de transas y narcos. Toda la sociedad tiene parte en la medida en que es indiferente a la marginalidad. Y de más está aclarar, no se soluciona con centros de recuperación. La Iglesia, la escuela, el hospital, el comunicador, los distintos estamentos del Estado; a todos nos toca de cerca la responsabilidad, y tengo la impresión que si no nos hacemos cargo, esto nos va a salir demasiado caro, fundamentalmente porque se paga con sangre.
Con problemas que se arrastran, que atraviesan generaciones. Con padres o madres adictos, desempleados, que lograron sobrevivir gracias a planes sociales y subsidios, con violencias, abusos, e incluso esa desnutrición temprana que mutiló sus capacidades. Familias enteras que se acostumbraron a tener el agua al cuello, a sobrevivir a los terremotos y vaivenes de nuestro país. Con tal panorama de vida la adicción florece rápido. Quien no tiene horizontes, y el estudio tiene mucho que ver con la construcción de un proyecto de vida; quien intuye – nadie se lo dijo explícitamente – que no podrá trabajar como los otros; quien está marcado por el estigma de la villa, ¿qué razones tiene para pelear? ¿Para qué librar la dura batalla contra la droga si después no parece haber nada? Nadie sale del medio del mar para morirse en la orilla, no lucha contra el paco quien no tiene un para qué vivir.
Por eso en el Hogar de Cristo, buscamos despertar la conciencia. Es entendible que se adormezca frente a tanto dolor. El voluntariado es un camino concreto, hoy son muchos los que están ayudando, pero sin dudas, la mejor ayuda es la de cada uno en el lugar de responsabilidad que le toca.

lunes, marzo 15, 2010

EL PACO Y LA MARGINALIDAD

"Si desea investigar esta enfermedad, tendrás todos los gobiernos en contra. A veces pienso que más vale ocuparse de crustáceos y batracios que no despiertan la alarma de nadie"
Carta del Dr. Chagas al Dr. Mazza, 1928.

La dificultad para realizar una política social que ayude a la política sanitaria, hizo que el Mal de Chagas fuera una enfermedad polémica. El célebre médico intuyó que la enfermedad era un verdadero testimonio de la miseria y de la pobreza, y que por cada caso que se detectaba del mal había detrás una familia viviendo bajo la línea de supervivencia. El mal de Chagas era una ventana que mostraba a todos la miseria del interior profundo de nuestro país.
Cuando hablamos de la adicción al paco, estamos hablando de un fenómeno de similar naturaleza. No se trata exclusivamente de los efectos que pueda realizar una sustancia determinada en aquellos que la consumen, sino más bien del mundo marginal que esta sustancia hace estallar. Si el Mal de Chagas pone de manifiesto la pobreza del interior de nuestro país; entonces el paco exhibe la miseria de las grandes periferias urbanas. El paco es la marginalidad, la exclusión.
Las clases media y alta no conocen el paco, no lo pueden conocer. Podrán consumir la misma sustancia, compuesta exactamente del mismo modo, podrán comprarla e incluso consumirla en el mismo lugar, pero esa sustancia no será paco. El paco es paco cuando no hay horizontes, cuando no hay acceso al sistema de salud, cuando no hay posibilidades de estudiar o de trabajar dignamente, cuando todas las puertas que se pueden golpear están demasiado lejos. El paco es paco cuando el llanto que genera se pierde en la noche sin haber sido escuchado. Solo entonces el paco muestra los dientes, solo entonces descubre su rostro más terrible. Solo entonces despliega su poderosa máquina de matar.
Para entender el paco es necesario mirar la marginalidad a los ojos.

martes, marzo 09, 2010

La historia de Pandor

Es común entre poetas recordar que la vida se parece al recorrido del sol, que en el amanecer ofrece una imagen tierna, de singular belleza; al mediodía es intensa, capaz de secar y quemar; y al atardecer frágil, cansina, dulce, silenciosa, aunque con ecos de eternidad.
No fue la excepción de Pandor, aunque lamentablemente la vida le tocara nublada. Una llovizna de plomizo gris, pesada y persistente, cubrió los pasillos tenebrosos de su adicción al paco. A menudo, se lo solía ver con el rostro desencajado y las ojeras características de los muertos vivos. Corriendo solo de un lado a otro, tratando de encontrar ese peso que le permitiera continuar de gira. Cargaba cosas, iba y venía, y en cada encuentro se lo veía más desnudo, más flaco, más triste.
Pero se ve que Dios quiso ofrecerle un final distinto, un atardecer luminoso, de esos que invitan a esperar un nuevo día. Pandor se acercó al Hogar de Cristo el 2 de Octubre de 2008. En su familia dicen que nunca lo habían visto tan contento. Sus ojos, de repente se llenaron de luz, como el reflejo de otro sol, el sol invisible de los que aprendieron la esperanza.
El frío del plomo interrumpió su recuperación, a tan sólo una semana de haberla empezado. Cinco balas calibre 9mm le recordaron el pasado turbio, que el brillo de sus ojos parecía haber dejado atrás.
Pandor murió crucificado en el mismo pasillo que lo venía viendo morir desde hacía años. Pero se fue distinto, tal vez como el buen ladrón. Detrás de sus párpados caídos, unos ojos de niño miraban hacia adentro, contemplando con gozo el nuevo nacimiento. Se fue distinto, por primera vez en su vida se sintió realmente vivo.

sábado, marzo 06, 2010

Sinpaco, la experiencia de nuestro caminar en la 21

Los que vivimos en las villas de la ciudad estamos convencidos que el problema del paco no es un problema más. Son tantas las familias que se hunden, tantos los pibes que mueren, tanta la violencia que trae la droga, que a veces tenemos la percepción que el mismísimo infierno ha emergido de las profundidades de la tierra. No se trata de un problema más, sino del problema más grave, el que genera más conflicto, el que trae más dolor.

El mundo de la recuperación, por su parte, no está a la altura de las circunstancias. Vemos con dolor cómo los chicos y chicas de nuestros barrios fracasan una y otra vez en sus intentos por recuperarse. A menudo los vemos partir humillados hacia las comunidades de internación, dispuestos a aceptar todo lo que les pueda sobrevenir. Es que la droga los puso de rodillas, han hecho tanto mal como consecuencia del consumo que ya no quieren vivir esa vida ni un segundo más. Y se van rendidos, sabiendo que en las internaciones la vida es difícil y algo artificial, pero que necesitan aceptarlo si es que quieren cambiar. Y tantas veces vuelven con cara de derrota, masticando un fracaso, y musitando entre dientes que no vuelven para drogarse, que esta vez sí la van a hacer bien, que ya no les queda tiempo para perder.

El mundo de los pibes sangra. Es una herida abierta, en carne viva. Una llaga que no para de supurar.

Incluso aquellos menos, los más fuertes, los que pueden terminar el tratamiento, luego de dos o tres años internados, al ser dados de alta vuelven a la villa con la frente alta, dispuestos a seguir todas las recomendaciones que les dieran sus terapeutas, a lucharla, a seguir en el ambulatorio… Ellos a veces ingenuos, que pretenden seguir el mapa de ruta de otros barrios de la ciudad, olvidaron que en la villa como en un pueblo de provincia las relaciones humanas se dan entre vecinos, y que sus amigos de la infancia, los pibes de la cuadra, siguen consumiendo en la puerta de su casa. A ellos también los vemos fracasar, esos que en las estadísticas levantan la autoestima de las comunidades, van pasando los meses y la ciénaga se los va tragando, de a poco, hasta que la herida llega a ser fatal.

– “Sacarlos de la villa”, “nunca deben volver” – se levantan las voces que suponen que el día en que dejen la villa, nuestros pibes tendrán la posibilidad de conseguir una vivienda y un trabajo digno. En algún caso, tal vez, pagando el precio que significa dejar la familia, las raíces, y la contención de un barrio que a pesar de todo es humano y cariñoso. No cualquiera puede dejar la villa, eso no es para todos porque significa resignar un riquísimo mundo de relaciones humanas que difícilmente se reproduce en otros lugares de la ciudad, no cualquiera resiste dejar la villa. Para el que no conoce el problema es la villa, nosotros preferimos llamarlo exclusión.

En la Parroquia de Caacupé no queremos resignarnos a esta situación. No podemos quedarnos de brazos cruzados con semejante problema por delante. Hace tiempo, comenzamos un trabajo muy fuerte de prevención, queríamos llegar a los pibes antes que las propuestas de la droga, la violencia y la delincuencia. Implementamos un programa de liderazgo positivo, abrimos comedores, hogares, escuelas, talleres de apoyo escolar, y adaptamos la catequesis moral a las exigencias de nuestro barrio. Pero vimos necesario encarar también la recuperación. Y frente al fracaso constante de las estrategias existentes quisimos hacer camino nuevo que fuera al encuentro de los chicos y chicas que están peor. Tratamos de hacer un camino adaptado a las necesidades particulares de los villeros. Y en este camino encontramos aciertos y dificultades. Queremos aquí retratarlas, con la convicción profunda de que serán luz para otros, y que serán mejoradas y entonces volverán a nosotros enriquecidas para iluminar los pasos que vendrán.