domingo, marzo 21, 2010

La Exclusión

El mundo tiene muy poco lugar para los pibes. Salud, educación, trabajo, vivienda y paz son bienes escasos, inalcanzables en muchos casos.
Son muy pocos los chicos de la villa que pueden terminar el colegio. Casi no hay jardines de infantes, y por cada pibe que no va al jardín una mamá no puede ir a trabajar. Vacantes en primaria hay más, pero aun así sigue habiendo chicos que no consiguen lugar. Dicho de otro modo, hay mas chicos que vacantes.
En muchos casos es la misma pobreza quien determina la deserción escolar. Chicos que no tienen zapatillas, delantal o ropa adecuada; padres que deben trabajar demasiado o con cama y no pueden sentarse con sus hijos a estudiar una materia que no les sale. Los chicos repiten una, dos, tres veces, y al final terminan abandonando. Historias repetidas hasta el hartazgo en nuestros barrios.
La secundaria que es para pocos, la universidad para casi ninguno.
La villa es conocida a través de prejuicios generados muchas veces por el miedo, y en esto es determinante la colaboración del periodismo amarillo. Con el nombre de “Periodismo comprometido” vemos audaces camarógrafos que llevan sus lentes al corazón mismo de la carroña, presentando como única realidad villera la delincuencia. Exacerbando el morbo popular agrandan la brecha.
¿Sabrán cuales son las consecuencias de su “compromiso”? ¿Sabrán que la mayor parte de los pibes usan visera, y que este dato nada dice sobre su condición moral? ¿Sabrán que después de cada programa de esos, a los pibes les cuesta más conseguir trabajo? Las consecuencias de este tipo de periodismo irresponsable son graves, porque para muchos es el único conocimiento acerca de la realidad de la villa. Alimentar los prejuicios es peligroso, en este caso porque fragmenta aun más la sociedad.
Es importante que cada actor de a sociedad se ponga a pensar su parte. La droga no es solo una cuestión de transas y narcos. Toda la sociedad tiene parte en la medida en que es indiferente a la marginalidad. Y de más está aclarar, no se soluciona con centros de recuperación. La Iglesia, la escuela, el hospital, el comunicador, los distintos estamentos del Estado; a todos nos toca de cerca la responsabilidad, y tengo la impresión que si no nos hacemos cargo, esto nos va a salir demasiado caro, fundamentalmente porque se paga con sangre.
Con problemas que se arrastran, que atraviesan generaciones. Con padres o madres adictos, desempleados, que lograron sobrevivir gracias a planes sociales y subsidios, con violencias, abusos, e incluso esa desnutrición temprana que mutiló sus capacidades. Familias enteras que se acostumbraron a tener el agua al cuello, a sobrevivir a los terremotos y vaivenes de nuestro país. Con tal panorama de vida la adicción florece rápido. Quien no tiene horizontes, y el estudio tiene mucho que ver con la construcción de un proyecto de vida; quien intuye – nadie se lo dijo explícitamente – que no podrá trabajar como los otros; quien está marcado por el estigma de la villa, ¿qué razones tiene para pelear? ¿Para qué librar la dura batalla contra la droga si después no parece haber nada? Nadie sale del medio del mar para morirse en la orilla, no lucha contra el paco quien no tiene un para qué vivir.
Por eso en el Hogar de Cristo, buscamos despertar la conciencia. Es entendible que se adormezca frente a tanto dolor. El voluntariado es un camino concreto, hoy son muchos los que están ayudando, pero sin dudas, la mejor ayuda es la de cada uno en el lugar de responsabilidad que le toca.