sábado, marzo 06, 2010

Sinpaco, la experiencia de nuestro caminar en la 21

Los que vivimos en las villas de la ciudad estamos convencidos que el problema del paco no es un problema más. Son tantas las familias que se hunden, tantos los pibes que mueren, tanta la violencia que trae la droga, que a veces tenemos la percepción que el mismísimo infierno ha emergido de las profundidades de la tierra. No se trata de un problema más, sino del problema más grave, el que genera más conflicto, el que trae más dolor.

El mundo de la recuperación, por su parte, no está a la altura de las circunstancias. Vemos con dolor cómo los chicos y chicas de nuestros barrios fracasan una y otra vez en sus intentos por recuperarse. A menudo los vemos partir humillados hacia las comunidades de internación, dispuestos a aceptar todo lo que les pueda sobrevenir. Es que la droga los puso de rodillas, han hecho tanto mal como consecuencia del consumo que ya no quieren vivir esa vida ni un segundo más. Y se van rendidos, sabiendo que en las internaciones la vida es difícil y algo artificial, pero que necesitan aceptarlo si es que quieren cambiar. Y tantas veces vuelven con cara de derrota, masticando un fracaso, y musitando entre dientes que no vuelven para drogarse, que esta vez sí la van a hacer bien, que ya no les queda tiempo para perder.

El mundo de los pibes sangra. Es una herida abierta, en carne viva. Una llaga que no para de supurar.

Incluso aquellos menos, los más fuertes, los que pueden terminar el tratamiento, luego de dos o tres años internados, al ser dados de alta vuelven a la villa con la frente alta, dispuestos a seguir todas las recomendaciones que les dieran sus terapeutas, a lucharla, a seguir en el ambulatorio… Ellos a veces ingenuos, que pretenden seguir el mapa de ruta de otros barrios de la ciudad, olvidaron que en la villa como en un pueblo de provincia las relaciones humanas se dan entre vecinos, y que sus amigos de la infancia, los pibes de la cuadra, siguen consumiendo en la puerta de su casa. A ellos también los vemos fracasar, esos que en las estadísticas levantan la autoestima de las comunidades, van pasando los meses y la ciénaga se los va tragando, de a poco, hasta que la herida llega a ser fatal.

– “Sacarlos de la villa”, “nunca deben volver” – se levantan las voces que suponen que el día en que dejen la villa, nuestros pibes tendrán la posibilidad de conseguir una vivienda y un trabajo digno. En algún caso, tal vez, pagando el precio que significa dejar la familia, las raíces, y la contención de un barrio que a pesar de todo es humano y cariñoso. No cualquiera puede dejar la villa, eso no es para todos porque significa resignar un riquísimo mundo de relaciones humanas que difícilmente se reproduce en otros lugares de la ciudad, no cualquiera resiste dejar la villa. Para el que no conoce el problema es la villa, nosotros preferimos llamarlo exclusión.

En la Parroquia de Caacupé no queremos resignarnos a esta situación. No podemos quedarnos de brazos cruzados con semejante problema por delante. Hace tiempo, comenzamos un trabajo muy fuerte de prevención, queríamos llegar a los pibes antes que las propuestas de la droga, la violencia y la delincuencia. Implementamos un programa de liderazgo positivo, abrimos comedores, hogares, escuelas, talleres de apoyo escolar, y adaptamos la catequesis moral a las exigencias de nuestro barrio. Pero vimos necesario encarar también la recuperación. Y frente al fracaso constante de las estrategias existentes quisimos hacer camino nuevo que fuera al encuentro de los chicos y chicas que están peor. Tratamos de hacer un camino adaptado a las necesidades particulares de los villeros. Y en este camino encontramos aciertos y dificultades. Queremos aquí retratarlas, con la convicción profunda de que serán luz para otros, y que serán mejoradas y entonces volverán a nosotros enriquecidas para iluminar los pasos que vendrán.