sábado, abril 10, 2010

Ese lejano, lejano Estado

Supongamos que Usted debiera caminar cientos de kilómetros a través de un desierto de vientos y arena, soportando largas jornadas de calor sin ningún reparo para el sol. Cientos de kilómetros para llegar al puerto desde donde comienza el largo y tortuoso viaje que desea emprender. Supongamos también que Usted sabe que de los pocos que llegaron al puerto y comenzaron el viaje, solo un mínimo porcentaje ha alcanzado el destino, y el enorme resto ha fracasado. Supongamos ahora que aquellos que fracasaron le comentan a Usted todos los infortunios que tiene el viaje, las dificultades. Es probable, que el miedo, la cobardía, o la comodidad suelten la semilla en su corazón, en Usted que sentía la necesidad de viajar.

Es el lento viaje de la desesperanza, que de a poco va congelando el corazón de los pibes, contagiando de a uno, hasta poner de rodillas a un barrio entero. Del paco no sale nadie, está escrito con sangre en los pasillos.

Así se siente en la villa la lucha contra la droga. Los tratamientos de recuperación son largos, difíciles y muy pocos pueden atravesarlos. Es más, de esos pocos que llegan a ser dados de alta en las comunidades, a muchos se los traga nuevamente la villa. En este barrio se puede consumir en cualquier lado, los amigos de la infancia siguen en la misma, las condiciones para la recuperación son poco favorables.

¿Pero sabe Usted como debe hacer un adicto para poder acceder a un tratamiento? Debe acercarse sobrio a tres o cuatro entrevistas programadas en el microcentro porteño. Cuando asiste a la primera se la da un nuevo turno para unos cuantos días después. Entonces se acuerda la tercera reunión, del mismo modo que en la anterior. El método busca a través de esta mínima exigencia, que el adicto logre demostrar el verdadero interés por su recuperación.

Sin embargo, el paco instaló nuevas costumbres en el consumo. Es tan demandante que los adictos que ya llevan un tiempo, se pasan varios días sin comer ni dormir, sólo drogándose. Se van “de gira”, le dicen. El otro día una chica me comentaba el sufrimiento de su gira, salió de su casa por diez minutos, para fumarse un paco y volver. Pero se quedó enganchada. Había dejado a su bebé solo en casa, y durante cinco días, se la paso consumiendo (y prostituyéndose para seguir consumiendo), siempre pensando que debía volver a casa, y sin la fuerza para hacerlo.

“Lloraba, pensaba en mi hijo, pero no podía descolgar” – me decía.

Con estos hábitos de consumo, ¿cómo se puede ser fiel a un plan de entrevistas tan pautado? Sin reloj, sin agenda, en algunos casos sin saber viajar en colectivo. El paco es una realidad nueva, es necesario entender que nos está exigiendo replantear nuestras instituciones.

El tratamiento es difícil, pero alcanzarlo también. Si no hay alguien que pelee la beca para el tratamiento en su nombre, es casi imposible conseguirla. Esta situación no hace más que instalar la desesperanza, los pibes piensan que no se puede, bajan los brazos y se rinden. Como barriletes en el viento cuando cortaron la soga, así andan a merced de esa fuerza poderosa de la adicción. Grillos y cadenas, esclavitud, y sobre todo sufrimiento. Un proceso que avanza, una fiebre que va tomando toda la vida. Cada vez más humillación, tocando fondos más bajos. No vislumbran otra redención más que la muerte, y la buscan o la esperan.

- O me mata el transa, o me mata el paco. Padre, se me acabó la soga – me decía uno deseando una liberación, que le ahorre seguir atravesando infiernos.

En el Hogar de Cristo no nos conformamos con este paisaje. Uno de nuestros objetivos principales es devolver la esperanza. La esperanza es sentir en el corazón que es posible otra vida, y si es posible, vale la pena luchar.

- Porqué venís – le preguntó Gustavo a uno de Zavaleta que se presentaba a si mismo como un perdido.

- Porque me dijeron que Ustedes defienden los derechos de los adictos.

Tratamos de ayudar a los pibes a seguir peleando, y tratamos de ayudar al Estado a ocupar el lugar que le corresponde, haciéndose cargo de los pibes. Conectar a los pibes con un Estado que en las villas está casi ausente. Estamos en la brecha, y gracias a Dios, es lo que podemos hacer.