sábado, mayo 22, 2010

La solidaridad en el reino de la muerte


Lucy venía regularmente al Hogar de Cristo. Era una chica linda, de unos 19 años, cuando la conocimos estaba embarazada. Nunca tuvo mucha fuerza para cambiar, a pesar de que la beba que traía en el vientre una y otra vez parecía llamarla a sentar cabeza. Venía como mecánicamente, nosotros oíamos los ecos de su llanto, pero no la escuchábamos llorar directamente. Su dolor se manifestaba lejano, como si no lo quisiera mirar a los ojos. No era frecuente, pero cada tanto se rompía el cántaro, y ahí sí, un mar de lágrimas regaba su rostro. Quienes la escuchábamos suponíamos que habíamos llegado al fondo, era el momento de hacer pie y cambiar, pero con esa velocidad eléctrica que caracteriza su vida se secaba las mejillas y sonreía, como cuando el sol asoma de nuevo después de la tormenta.
Se encariñó mucho con Juan, un sacerdote grandote que está con nosotros en la Parroquia. Lo iba a buscar a menudo como a su padre, para contarle las desventuras de sus tiempos de gira, para acusar a la suerte por la sucesión de violencias, abusos y maltraeres con que era castigada a diario. Intuyo que veía en él una figura protectora y paternal. Le traía a sus novios, Romeos de una noche, para que les diera la bendición. Y Juan se agarraba la cabeza, y trataba de hablarle. Cuidarse de las enfermedades, la beba en el vientre, sentar cabeza, madurar… Ella lo miraba atenta los cinco o diez minutos que puede durar su atención, y se iba de vuelta, como si el mundo empezara nuevamente en esa mañana.
El año pasado intentó alguna internación sin éxito. Con vih, sífilis, y hasta se agarró una pancreatitis, que pudo superar gracias a que Juan la llevó una veintena de veces al hospital, cada vez que se escapaba a causa de la abstinencia.
Transcurría el séptimo mes de embarazo. Esa noche como muchas, Lucy estaba de gira. Caminaba para acá y para allá por los pasillos más oscuros de la villa, drogándose y consiguiendo para drogarse. Y como suele ocurrir con las chicas del paco que están embarazadas, Rosi decidió nacer. Tres de la mañana, en el pasillo, en un barrio que no tiene colectivos que lleguen hasta el hospital, donde no hay taxis ni entra la ambulancia. Tres de la mañana, con las remiserías cerradas, fue la hora en que Sonia la encontró gritando de dolor.
Sonia es una compañera de consumo, que como de costumbre, esa noche también estaba de gira. Evidentemente, esa noche, en el tenebroso pasillo brillaba alguna luz especial. Sonia recordó a un cliente suyo, que tenía un remís y vivía ahí cerca.
Rosi nació en el Hospital Penna porque Sonia se hizo cargo de la parturienta y un remisero le debía favores. Pesó 1,6 kg, y sobrevivió a las giras de su madre. Sufrió abusos, palizas, hambre y cansancio; consumió porro, merca, pastillas, alcohol y mucho paco. Pero nació, y fue recibida con una profunda alegría por Lucy. Cuando llegué al hospital, la ví tan mamá. Tenía a la beba en brazos, su rostro regalaba paz, y por la ternura, la foto bien podría ser una postal navideña. Quedé muy sorprendido, el ser humano tiene unas reservas asombrosas.
De Sonia no supe nada por un tiempo largo, hasta que la volví a cruzar por los pasillos. Quise hablarle de la beba, contarle que estaba bien y que su intervención había sido fundamental. Pero Sonia no estaba para hablar. La solidaridad entre los habitantes del reino de la muerte es tan común… Poco tiempo antes, un recién nacido había sido encontrado por la mañana en uno de los volquetes de la villa. Otra embarazada que de gira había dado a luz, pero desgraciadamente no encontró el mismo socorro.

domingo, mayo 09, 2010

Sábado negro o resiliente

Por Hermanito (Gustavo Barreiro)

El 8 de mayo fue un día que empezó muy mal… Hablamos por teléfono con Piruka. que lloraba desconsoladamente porque perdía mucha sangre y en la Sardá confirmaron lo que temíamos, había perdido a su bebé de 3 meses… un niño deseado, al que con Antonio le estaban haciendo lugar.

Lya había pasado una buena noche con sus dos niñitos en casa de Bere, nos encontramos y me dijo: “Pablo dijo que vendría al Hurtado para hablar, pero yo no quiero volver con él… no quiero drogarme, no quiero que me pegue, no quiero que mis hijos sufran más”… esta en realidad era la situación a encaminar hoy, pero se presentaron muchas más.

En Caacupé estaba el Pollo: “Mi mujer me echo de su casa”. Pollo tenía un plan en Garín con su ex pareja y su hijita, ya llevaba bien dos meses y de repente esto… en el barrio que lo pudo durante 25 años (él consume desde niño), sin plan y en día sábado.

Fuimos juntos a buscar la trafic al chapista pero faltaba poner el tanque de combustible… “y bueno, nos arreglaremos con el taxi”, mientras pensaba eso llegó Quico, agitado, triste y desconcertado: “Pedro volvió a consumir, vamos a buscarlo que se va a hacer mierda”. No lo encontramos, lo acompañé a la casa donde su mamá y sus cuatro hermanitas lloraban: “escondan todo que va a venir a llevar la ropa buena para fisurarla”. El jueves lo habían echado indebidamente de una comunidad, el viernes la mamá había mendigado para juntar los quinientos pesos que le permitieran esperar el juicio en libertad y en recuperación y hoy estaba volviendo al consumo luego de 70 días limpio. Yo estaba animándolos cuando entró Pedro… “vi que me estaban buscando y me escondí… pero sentí la necesidad de cortarla y acá estoy”. “Preparen ropa para Pedro que se baña y se queda con nosotros en el Hogar de Cristo”…

En el taxi, Pedro lloraba y nos contaba la noche negra que había pasado y como casi lo matan en una pelea. En ese momento llama Charly: “Loly está en Caacupé, está muy puesta… su mamá está en terapia… ¿qué hacemos?”… “Ya la buscamos. Que venga al Hogar a compartir el dolor.”, dije yo e inmediatamente me di cuenta que esa era la clave del día: “compartir el dolor”.

Lidia nos avisó que su nietito de dos años no podía mantenerse en pie, que un extraño virus lo había atacado y estaban desesperados en el Hospital… Martín estaba desencajado, vestido con ropa nueva que le había comprado la mamá con su pensión del Moyano y el sábado por delante: “esta película ya la vi y cada vez termina peor” pensé. El Cuate estaba angustiado y con ganas de consumir. Jere estaba triste porque ayer se había frustrado su internación (lo discriminaron). Vico estaba mal porque le retrasaron el pago de la ayuda habitacional y por lo tanto no podía pagar la cuota de la casa, sabiendo que el antiguo dueño está amenazándola con desalojarla. Susana y su Mamá angustiadas por que no conseguían los remedios para su enfermedad (entre otras cosas, cáncer). Y de postre "Chapita" que sigue en calle con su embarazo de 5 meses, con todas la enfermedades posibles, que debía comer lo mejor posible y tomar el antibiótico.

Un panorama negro… muy negro. Y juntos lo fuimos enfrentado…

L.G. con su hijitas y Simón, acompañaron a la Hiena con su hijito a pasear por la Costanera para gambetear la tristeza que le produce estar separado de su mujer. Gaby llevó a pasear a Bere que de a poquito va superando la pérdida de su bebé y va haciendo el duelo, largamente reprimido, por la muerte de su padre. Luís fue con Reinaldo y Nicole a trabajar al taller textil, mientras Jonás se quedaba a cargo del pequeño Laucha y terminaban bien una semana difícil para la pareja. Finalmente Antonio y Mara fueron a ver a Piruka que salía de la sala de partos…

Con el resto hicimos un grupo largo y resiliente… es que juntos tenemos esa capacidad de compartir el barro en oro y lo muerto en vida… compartiendo el dolor lo achicamos y comunicando la alegría la agrandamos. Así nadie pierde, todos ganamos… y eso sucedió.

Poco a poco cada uno fue diciendo su dolor, y todos escuchábamos con empatía, con respeto, con cariño y con ganas de aportar algo… Julieta nos recordó esto de la resiliencia y la mamá de Susana nos contó algo que fue muy decidor para ese momento. Ella hace casi dos años cuando se enteró de su cáncer, se apartó de sus hijos para no transmitirles el dolor. Ese dolor que se tragó sola, la puso peor y a los chicos que se sintieron “abandonados” y sin la oportunidad de ayudar a su mamá, los llevó a consumir.

Hoy probamos que de las nubes más oscuras, sale el agüita más clara… lloramos mucho y esas lágrimas compartidas en el Hogar de Cristo, nos limpiaron los ojos y nos dejaron ver con claridad… nos fuimos a casa contentos, dando gracias a Dios y con ganas de dar, de ayudar, de amar como somos amados."

viernes, mayo 07, 2010

La banda de Orfeo


Llevan en el alma el tatuaje característico del clan. Se los puede reconocer a la distancia. Son la banda de Orfeo, los que regresaron del reino de la muerte.

Hace tiempo, cuando comenzamos con la granja Madre Teresa, pensamos que por las dificultades que presenta la villa, lo mejor era que los pibes se internaran en camadas. La villa no parece a simple vista un buen lugar para volver. Amigos de la infancia que siguen en la misma, el barandazo en todas partes, la joda que se desquicia, los transas, la despenalización de hecho llevada al extremo. La villa es el reino de la droga, por algo todos vienen acá.

Nos preguntábamos: ¿cómo recuperarse viviendo en este contexto? ¿Adonde volver, cuando los pibes reciben el alta de una internación? ¿Qué posibilidades reales tienen de zafar? ¿Debíamos buscar viviendas fuera de la villa a todos los pibes? En algún caso, tal vez, ¿pero a todos?

Fue así como entendimos que debíamos fortalecer a los pibes. Crear una raza de mutantes que soportaran la adversidad y pudieran seguir eligiendo la vida sana, de esfuerzo, trabajo y sin drogas. Vimos claro que el eje de nuestra intervención debía ser la libertad. Iluminar para elegir. Que los pibes descubran su propia voz, y los entramados tramposos de la adicción.

Sin embargo, debía cambiar a su alrededor el mundo. No alcanzaba con que los pibes cambiaran. El paco es la marginalidad. ¿Qué posibilidades tiene un pibe de dejar la droga si después no puede conseguir trabajo, no tiene los documentos que necesita para encarar cualquier trámite, no puede acceder al sistema de salud, o no le puede dar de comer a su hijo? Hacía falta cambiar el mundo.

El paco es un nuevo rostro de la marginalidad y no alcanza con que cambie el pibe: debemos cambiar el mundo, hacerles lugar donde no lo hay. Fue así que en el Hogar de Cristo, con mucha dificultad pusimos manos a la obra. Debimos solucionar temas de vivienda, de documentación, inventar trabajos, posibilitar estudios. Pero nos quedaba algo grande, importante. ¿Cómo cambiar los vínculos? ¿Con quién se iban a relacionar los pibes que dejaban el consumo, si todo su universo seguía igual?

Entendimos que lo mejor era que los pibes se internaran en camadas, que empezaran juntos y terminaran juntos. Que aunque no todos tuvieran los mismos tiempos, había una gran riqueza en el grupo. Que el tiempo y la lucha terminaban por hacer hermanos a quienes los compartían, y que al volver a la villa eran un grupo de referencia nuevo, que estaba peleando la misma y tirando para el mismo lado.

Sembramos simplemente eso, pero cosechamos mucho más. A medida que fueron volviendo las camadas, se fue gestando una amistad linda entre los grupos y hoy estamos asistiendo al nacimiento de una nueva comunidad, los que volvieron de la muerte. Salen juntos, se acompañan, se apoyan, se dan aliento. Chicos y chicas que estuvieron tirados en los volquetes, que no eran más que el descarte de una sociedad amarreta, y que hoy son una luz brillante en medio de tanta noche.

- Padre, yo vi como estaba ese Catriel… Si el pudo yo tengo que poder – me decía un chiquito asombrado mientras le convidaba un mate cocido.

Narran los mitos que Orfeo era un músico que descendió al reino de la muerte y volvió, y al volver su canto expresaba lo más profundo de la condición humana. Canta el folklore de infinidad de casos en que los músicos descendían a la salamanca para volver cantando un canto sin igual. Cuenta la villa de una nueva raza, una raza de mutantes que descendió a los infiernos más oscuros del despojo humano, y al hallar la salida del laberinto regresó cantando. Llevan en el alma el tatuaje característico del clan. Se los puede reconocer a la distancia. Son la banda de Orfeo, los que regresaron del reino de la muerte y cuyo canto no hace más que transmitir la vida.