miércoles, julio 28, 2010

La revancha

"No te podés dormir, la calle siempre te da revancha" – me decía hace años un chiquito que intentaba hacerme entender los códigos callejeros. Luquitas expresaba a su modo que la calle es una selva, que allí vale la ley del más fuerte, que él corría en desventaja frente a los más grandes, pero que un descuido tiene cualquiera, y los hilos sueltos suelen dar lugar a las venganzas. Siempre me acuerdo del pibe, que a su modo intentaba sobrevivir al desamparo. En estos días me venía a la memoria su frase, pero no para pensar en lo descarnado, sino en que con la vida muchas veces pasa igual, también da revancha.
El Gato siempre fue un mamarracho. Vago hasta para afanar (gracias a Dios), porque cuando lo hacía era bastante malo. Se acercó a la Parroquia en 2006, para pedir ayuda, movido no tanto por la conciencia de que necesitaba cambiar sino para parar la bronca en su casa, para contentar a la familia que ya no aguantaba las consecuencias de su consumo. Iba y venía, nunca comprometido en serio con su recuperación. Reconozco sí, que en algún momento se entusiasmó con la posibilidad de cambiar, de dejar la droga y el rastreo. Pero le duró poco, nunca pudo sostenerlo.
En Marzo de 2008 abrimos el Hogar de Cristo, y fue parte del grupo fundador. Sin embargo, mientras los otros progresaban, él se quedaba atrás, estancado. Probamos varias internaciones pero nunca se duró más de una semana. El año pasado, vimos que ya estaba transmitiendo un mal espíritu a los otros chicos y chicas que llegaban al centro de recuperación. Venían con ganas pero el Gato les contagiaba su desazón. Por esto, y por algunas transgresiones muy concretas nos fue obligando a pensar en la expulsión. Era la primera vez que quedábamos contra las cuerdas, y se nos planteó el dilema: ¿Qué significaba la expulsión del Hogar de Cristo? Si después del Hogar de Cristo ya no hay nada, ¿dónde quedaban confinados los expulsados? Si hicimos el Hogar de Cristo justamente porque todas las otras puertas están muy lejos, si esto lo sabemos nosotros, pero fundamentalmente lo saben los pibes… ¿Qué significaba la expulsión en la vida de un pibe de los nuestros? ¿No era condenarlo al desamparo? Veíamos claro que era como cortar la última amarra que lo asía a la vida, que no tenía otras opciones a la mano y que la muerte aparecía fuerte en el horizonte. Sin embargo, ¿cómo hacer para que el Gato no arruinara el buen camino de otros adictos?
Luego de mucho debatir, con el equipo decidimos abrir un grupo especial para aquellos pibes que son más difíciles, los que se van eternizando en el ambulatorio, los que no progresan ni dejan progresar. Un grupo con el único objetivo de mantener viva la llama de la esperanza. Lo llamamos “San Francisco”, con la ilusión que bajo el amparo de un santo tan grande como misericordioso Dios nos fuera mostrando el camino.
Y fue casi milagroso, el Gato entró a mejorar, y como él los otros fundadores del San Francisco. Uno se internó y la está haciendo muy bien, otro se ordenó en la vida, empezó a trabajar y viene a vernos cada tanto para buscar un poco de acompañamiento, a otro lo perdimos de vista (no es un buen signo). El Gato terminó en nuestra Granja Madre Teresa, y a pesar de muchas dificultades hizo un camino muy bueno. Está irreconocible, da mucha alegría escuchar las reflexiones existenciales de este pibe que en otro tiempo era un manojo de instintos, de movimientos descoordinados y brutales.
En estos días el Gato tenía a su nena enferma, y me vino a ver. Estaba en una actitud paternal que no formaba parte de su repertorio habitual. Debo reconocer que estoy verdaderamente asombrado. Pasó mucho tiempo desde llegó por primera vez. Fueron casi cuatro años esperando que le llegara el momento, que tomara conciencia y se decidiera a cambiar. Muchas veces se escapó de la muerte con lo justo, y aún así seguía viniendo sin venir, haciendo una presencia cumplidora que tenía poco de genuina. Los cambios en este tema no se fuerzan, no se pueden forzar. Cuatro años esperándolo, teniéndole paciencia, apostando a que un día entraría en razón. Viene bien, como nunca, y aunque sabemos de su fragilidad, su camino nos indica que hay que ser amigos del tiempo, que la vida da revancha, y hay que estar preparados para aprovechar el momento.