miércoles, agosto 11, 2010

Un caso de inseguridad


Hay dolores que son así, que de a ratos se encarnizan y parece que cobraran vida, que entre alaridos sugieren que no será posible seguir aguantando por mucho tiempo, pero que amainan en otros momentos y sin llegar a desaparecer pasan a un segundo plano, como cuando el sol se esconde detrás de las nubes o cuando la sonrisa tierna hace olvidar el llanto.
Sucede así: de a ratos las rotativas escupen sangre, tiñe las radios un rojo carmín tan intenso que al más duro parece encender. Hace explosión con un hecho, dos, tres, o con una cadena de sucesos, y entonces el grito, que hasta entonces navegaba por las profundidades se vuelve a hacer piel, callo, llaga, y supura. La violencia vuelve a ser inaguantable, y un gemido renace: ¡¿Hasta cuando?!
El grito, amplificado en los medios son las escaras de una sociedad paralizada, que sufre del síntoma, más que de la enfermedad.
Siempre recuerdo cuando hace unos años me tocó abrir un comedor en un sector muy pobre de la villa. Todos los días venía una abuela con su nietito. ¿Quién sabe que caminos habrán llevado a una señora de más de 70 años a hacerse cargo de su nieto de seis? Vivían en una casilla chiquita hecha con madera y carteles de publicidad callejera, con piso de tierra y techo de chapas de cartón. Sin ventanas, el lugar se ventilaba por una puerta que no cerraba, por los huecos de las paredes y el techo. La humedad era algo insoportable, al punto que el pibe siempre andaba con bronquiolítis, asma o algún trastorno respiratorio, y juntos recorrían salitas y hospitales. Como no tenían cama, dormían juntos en un colchón de una plaza que tenían tirado en el piso, y entre el olor y la oscuridad el hogar no parecía muy acogedor.
A mi me trasladaron y por dos años no supe nada de ellos. Ya ordenado sacerdote volví a la villa, y encontré que no estaban. Me contaron que ella estaba privada de su libertad, que durante mi ausencia, agobiada por esa vida de ratas se volcó a la delincuencia y perdió. En lugar de la antigua choza, había una casita de material, de ladrillos sin reboque pero con loza. Se me revolvieron las tripas. Supe que hizo cosas muy malas, de las que no se pueden justificar por la pobreza. No la justifico pero la entiendo, porqué se de los dolores que aguantó su columna, hasta que no pudo más y se quebró.
La abuela dejó en mi alma una marca profunda. Desde entonces, cada vez que veo los diarios arder de tanta inseguridad pienso que como sociedad estamos frente a un témpano y me acuerdo del Titanic. Leo el desastre de las miles de víctimas de los hechos de violencia que suceden a diario. Todas tremendas, todos son gritos en carne viva. Y leo también lo que en la misma noticia no se está diciendo. La historia de montones de pibes educados por la propaganda y vencidos por la pobreza. Los que aprendieron que solo pueden ser felices teniendo las zapatillas de Messi, los mejores celulares, o la moto más fachera. Hijos de la miseria que entendieron que nunca podrán ser felices (esa felicidad mentirosa que les vende la propaganda) hasta que decidieron saltar la cerca, cruzar la línea y hacerse un mundo paralelo, uno en el que sí tienen lugar.
Pienso en el témpano, y me doy cuenta del peligro que asume una sociedad librada a las reglas del mercado. Sin embargo, como cura me encuentro a diario numerosas canteras morales, tesoros ocultos que emocionan e invitan a esperar. Es un cristianismo que se fue transmitiendo de padres a hijos, descendiente de la primera evangelización y que vive su propio ritmo y que se expresa a su modo en peregrinaciones, novenas y promesas. Un modo de ver la vida con otros ojos, donde las enseñanzas de Cristo, grabadas en el corazón del pueblo señalan que la felicidad debe buscarse en otro lado, en el don de sí, en lo generoso, lo solidario.
Pienso qué sería del mundo asediado por la propaganda sin este dique moral que es la fe. Qué pasaría si los padres no enseñaran los mandamientos a sus hijos, si no les dijeran que no hay que mentir, que robar, que matar. Si no enseñaran que la vida es vida cuando se da, que (como dice Jesús) hay más alegría en dar que en recibir.
Pensando en esto no puedo más que redoblar la apuesta.