jueves, septiembre 16, 2010

La Resistencia

Junto a los ríos de Babilonia, nos sentábamos a llorar, acordándonos de Sión.
En los sauces de las orillas teníamos colgadas nuestras cítaras.
Allí nuestros carceleros nos pedían cantos,
y nuestros opresores, alegría: «¡Canten para nosotros un canto de Sión!»
¿Cómo podíamos cantar un canto del Señor en tierra extranjera?
Si me olvidara de ti, Jerusalén, que se paralice mi mano derecha.
Que la lengua se me pegue al paladar si no me acordara de ti,
si no pusiera a Jerusalén por encima de todas mis alegrías.

Si tuviera que elegir un salmo sin duda sería este. Mezcla de dolor y de esperanza. Noche oscura grávida de luz. Con qué poco esfuerzo se oye el llanto de aquellos israelitas del exilio. Si hasta parece que el clamor se sale de la Biblia, para clavarse como un arma poderosa en el alma del que escucha.
Eran el pueblo elegido. Dios había posado su mirada en ellos. Y sin embargo allí estaban, desterrados, oprimidos, apesadumbrados, esclavos de un enemigo fortísimo que los humillaba sin piedad. Pero aunque su voz estuviera encadenada, aunque sus opresores los tuvieran maniatados, el gemido de su corazón se elevaba en plegarias.

- “¡Desde lo hondo a ti grito Señor!
¡Señor escucha mi voz!
Estén tus oídos atentos al clamor de mi súplica”


Sin embargo, no creo que sea el puro dolor la causa de nuestra empatía. Desde lo más hondo de su existencia, cuando la fuerza de su adversario nada permitía esperar, seguían con los ojos clavados en lo alto. Sabían que en algún momento su Dios se acordaría, y que entonces sí serían liberados. Hacer memoria de su tierra prometida fue la consigna que les permitió sobrellevar la tribulación.
Qué terrible coincidencia con nuestros días. Esta juventud, representación de fuerza, plenitud y libertad se encuentra exiliada de su condición juvenil. La edad de las posibilidades se descubre sin vacantes para estudiar, con un mundo laboral esquivo, sin acceso a la salud, sin documentos. Los explotadores ya no usan cadenas, alcanza con el Paco, ese veneno de ratas capaz de despojar de futuro a cualquier chiquito. Y los pibes que sienten en el alma el llamado a vivir en la felicidad, están confinados a un mundo marginal donde no parece haber más alternativas que la ilusión de la droga.
Hace un mes organizamos en la villa, con ocasión del aniversario de la llegada de la Imagen de la Virgen de Caacupé, una maratón infantil por la paz. Corrieron cerca de dos mil quinientos chicos. El ideal que embanderaba la jornada: “queremos un barrio de paz” servía a la vez como un lema que resume buena parte del trabajo de prevención que llevamos adelante. Cada grupo de catequesis, de exploradores, de la escuela de fútbol, de los hogares de día, de los apoyos escolares, trabajaron la consigna.
Nosotros somos conscientes que el ideal es utópico, que en un barrio tan lleno de armas la paz aparece como muy lejana, que incluso para la propia naturaleza humana que está herida, el conflicto es parte de la vida. Sin embargo no dudamos en presentar la paz como desafío, como meta y horizonte. Conectamos el deseo de la paz que existe en los vecinos con un pensamiento concreto: la paz es posible si cada uno se compromete. Tal vez no alcancemos la paz, pero sin duda trabajamos por un barrio más pacífico.
¿Qué hubiera pasado si los israelitas se olvidaban de Jerusalén, si ya no tenían otra razón para resistir? ¿Qué pasaría si nos resignáramos a tanta muerte, tanta sangre y violencia; si no deseáramos y trabajáramos por la paz? La fe es la dimensión sobrenatural del ideal, en última instancia, el objetivo de los cristianos es Dios, la Justicia, la Paz, el Bien.
La resistencia consiste en presentar la belleza del ideal, y dar las herramientas para alcanzarlo. Que Dios y la Virgen nos agarren resistiendo.