martes, marzo 09, 2010

La historia de Pandor

Es común entre poetas recordar que la vida se parece al recorrido del sol, que en el amanecer ofrece una imagen tierna, de singular belleza; al mediodía es intensa, capaz de secar y quemar; y al atardecer frágil, cansina, dulce, silenciosa, aunque con ecos de eternidad.
No fue la excepción de Pandor, aunque lamentablemente la vida le tocara nublada. Una llovizna de plomizo gris, pesada y persistente, cubrió los pasillos tenebrosos de su adicción al paco. A menudo, se lo solía ver con el rostro desencajado y las ojeras características de los muertos vivos. Corriendo solo de un lado a otro, tratando de encontrar ese peso que le permitiera continuar de gira. Cargaba cosas, iba y venía, y en cada encuentro se lo veía más desnudo, más flaco, más triste.
Pero se ve que Dios quiso ofrecerle un final distinto, un atardecer luminoso, de esos que invitan a esperar un nuevo día. Pandor se acercó al Hogar de Cristo el 2 de Octubre de 2008. En su familia dicen que nunca lo habían visto tan contento. Sus ojos, de repente se llenaron de luz, como el reflejo de otro sol, el sol invisible de los que aprendieron la esperanza.
El frío del plomo interrumpió su recuperación, a tan sólo una semana de haberla empezado. Cinco balas calibre 9mm le recordaron el pasado turbio, que el brillo de sus ojos parecía haber dejado atrás.
Pandor murió crucificado en el mismo pasillo que lo venía viendo morir desde hacía años. Pero se fue distinto, tal vez como el buen ladrón. Detrás de sus párpados caídos, unos ojos de niño miraban hacia adentro, contemplando con gozo el nuevo nacimiento. Se fue distinto, por primera vez en su vida se sintió realmente vivo.