lunes, abril 19, 2010

TBC


Bajo la angustia


Dijo anoche, su canto de muerte
la canción de la tos en tu pecho,
y, al mojarse en las notas rojizas,
mostró flores de sangre el pañuelo.

-¡Pobrecitas las carnes pacientes,
consumidas por fiebres de fuego;
para ellas las buenas, las tristes,
tiene un blanco sudario el invierno!

...Mira: abrígate bien, hermanita,
mira, abrígate bien, yo no quiero
ver que cierre tus ojos la Bruja
de los flacos y frígidos dedos...

Evaristo Carriego, Misas Herejes, 1908


Tuberculosis: una enfermedad que se consideraba superada por la historia en nuestro país, que ha vuelto con fuerza de la mano de la extrema pobreza, y que está haciendo explosión en su combinación con el paco.

Es común que en las paquerías las chicas se prostituyan, es común que entre los adictos al paco la vida se torne demasiado promiscua. Las enfermedades de transmisión sexual y la tuberculosis se transmiten con fuerza.

Melina es una chica de la villa de 36 años, adicta al paco desde hace varios. Hace unos meses la encontramos tirada en el volquete, inconsciente, demasiado flaca, medio muerta. La llevamos al hospital Muñiz, donde fue internada con diagnóstico de tuberculosis. Durante dos meses estuvo allí, en el Hospital, recuperándose. Pero al cabo de un tiempo, cuando hubo recobrado fuerzas, la abstinencia la empezó a atacar. Melina se escapó del Hospital y volvió a la villa.

Esa mañana yo estaba de guardia en la Parroquia (sino ando por los pasillos, o en la granja) cuando la mamá vino a buscarme. Estaba hecha un grito.

- ¡Padre Charly, Melina se vino del Muñiz, ya se está drogando de nuevo. Yo no se qué voy a hacer!

La encontramos pasando el mediodía, no es fácil encontrar a un pibe cuando se está drogando. Le dimos de comer, la hicimos bañar y cambiar de ropa, esperamos que se le pasara un poco el efecto de la droga y nos fuimos de nuevo para el Hospital. Allí quedó internada por segunda vez.

A los pocos días se volvió a fugar. Melina se escapó cinco veces más, y otras tantas fue reinternada. Pero luego de su última partida, el médico tomó la decisión de no volver a internarla, y al llegar al Hospital con su madre, debió regresar a la villa. Mirta, su madre llegó alarmada a la Parroquia, su hija estaba enferma gravemente, de la droga y de los pulmones, pero ahora no la querían recibir más.

Llegué al medio día a la Parroquia y me encontré con el problema. Ahí nomás salimos para el Hospital. Iba dispuesto a pelearme con el médico.

Al llegar me encontré un escenario durísimo. Era invierno, y la gripe A estaba en su momento más encarnizado (aunque en la villa casi ni la vimos). La sala de guardia era una trinchera de las más expuestas en la guerra contra la pandemia. El médico de guardia estaba sobrepasado por la situación. Lo entendí rápidamente. De todos modos, había que volver a internar a Melina, y nada garantizaba que no se volviera a escapar.

El doctor se negaba sistemáticamente:

- No valora el tratamiento – decía una y otra vez con la mirada perdida y moviendo a los lados la cabeza. El panorama era claro, estaba desbordado por la situación, no llegaba a ocuparse de todos los que debía, y Melina no mostraba interés en curarse.

- Pero Doctor, mire que esta chica es adicta al paco, y se está prostituyendo en las pasillos. Si no la recibe, en un mes no va a ser una sino varios…

La cara del médico pareció darme la razón por un instante, pero el desborde de la sala de guardia capturó nuevamente su atención. Se me había escapado, y cuando quise contraatacar, ya no pude sensibilizarlo.

Llamé a un amigo que está trabajando en el Hospital, y de inmediato me puso en contacto con la dirección. Me recibieron bien, entendieron claramente el problema, y a los pocos minutos estaba hablando con el que lleva los asuntos legales en el Hospital.

Llamó al médico y le dijo que había que volver a internarla, y nos pusimos a prevenir las fugas venideras. Como el Hospital no tenia personal como para cuidar que no se escape, le terminaron aplicando un chaleco químico, la tuvieron un poco sedada mientras el tratamiento avanzaba y dejaba de contagiar. Después era otra cosa, me comprometí a acercarle los medicamentos todos los días para que los tomara.

Melina mejoraba con el paso del tiempo. Cuando dio el primer negativo (ya no contagiaba), el médico me mandó llamar. En cualquier situación similar correspondía el alta, pero él sabía que ella abandonaría nuevamente el tratamiento de no estar debidamente acompañada. No quería dejarla ir así nomás. Lo mejor era encontrarle un lugar de internación – me mandó decir con buen tino.

A los dos o tres días pude disponer del tiempo para ir al Hospital, pero al médico no lo encontré. Hablé con ella, se la veía muy mejorada, y tuvimos una charla de lo más linda. Hablamos de sus hijos, del barrio, de todo lo que la había peleado, y de que quería internarse. Y me fui contento, dispuesto a llamar a unos amigos que reciben a los adictos sin dar muchas vueltas.

Al día siguiente me enteré que Melina se había escapado nuevamente del Hospital. Mirta seguramente iluminada por Dios, no quiso recibirla en su casa. Los meses de la internación le habían bastado para organizar la vida de sus 7 nietitos, y no podía permitir que Melina le robara todo nuevamente y no tuviera para darles de comer y vestirlos.

Melina que durante años había vivido en la calle como consecuencia del consumo, llegó llorando a la Parroquia.

- Charly, intérname, que la turra de mamá me dejó en la calle –

Dispuse todas las cosas, desorganicé lo que tenía planeado para esa tarde y nos fuimos a internarla. Estuvo allí varios meses. No terminó el tratamiento por su adicción, volvió mucho mejor. Hace un tiempo que no la veo, pero estoy convencido que su pelea contra la droga es para largo.

El problema de la tuberculosis y el paco es grave, y se va a poner más grave. La historia de Melina se repite casi a diario, aunque no siempre pueda resolverse satisfactoriamente. El paco nos tomó por sorpresa a todos, y es uno de los rostros más crueles de la marginalidad. No lo vamos a poder solucionar solo con centros de recuperación, la sociedad con todas sus instituciones debe hacer lugar a esta problemática.

El Muñiz es una trinchera, que permite vislumbrar algunas aristas del problema. El tema es grave, no se arregla solo con centros de recuperación. Por ahora, veo que lo que hace falta, es gente que consagre su vida a entender la nueva situación y a buscar caminos de salida.